¿Somos y tenemos ciudadanos de calidad?

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Total, no hemos podido construir ciudadanía plena

Nos referimos hace una semana a las condiciones o características que debe tener lo que universalmente se identifica como “buen gobierno” en las sociedades republicanas y democráticas, como la nuestra. Y advertimos entonces que toda buena gobernanza necesariamente debe involucrar a ciudadanos de calidad. Imposible pensar en otra fórmula, a menos que nos retrocedamos a regímenes dictatoriales.

Más allá de los valiosos derechos ciudadanos consignados en la Constitución General de la República, revisemos, así sea someramente, el otro aspecto de sociedad: las condiciones culturales, cívicas, éticas y educativas de nuestro ciudadano común.

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¿Cómo anda la calidad ciudadana en nuestro querido país? En abril del año que está por terminar, el ahora Instituto Nacional Electoral (INE) publicó un completísimo trabajo de investigación proyectado y ejecutado por el todavía llamado Instituto Federal Electoral (IFE), con la colaboración de El Colegio de México, titulado Informe País sobre la calidad de la Ciudadanía en México. No hay, que yo sepa, un estudio de tal magnitud y tal importancia en el que podamos vernos a nosotros mismos como frente a un espejo.

Confirma esa investigación y millones de mexicanos coincidimos que México ha avanzado mucho en la construcción de su democracia: tenemos leyes, instituciones y procedimientos en materia político-electoral, que han impulsado la consolidación de nuestro sistema multipartidista. Prueba de ello es que, a diferencia de antaño, tenemos elecciones muy competitivas. Incluso hemos tenido alternancia en el poder federal y en varios Poderes estatales.

Pero, no obstante, estos avances, dice la investigación citada, “prevalecen condiciones que impiden la consolidación de una vida plenamente democrática y el ejercicio cabal de los derechos ciudadanos. Factores como la pobreza y la desigualdad; la persistencia de prácticas autoritarias y clientelares; la desconfianza en las instituciones; así como las amenazas a la seguridad pública, vulneran la condición ciudadana de los mexicanos e impiden el afianzamiento de una sociedad libre, justa y equitativa”.

Total, que no hemos podido construir ciudadanía plena, según se desprende de los resultados de una encuesta nacional de 11 mil cuestionarios con una cobertura en cinco regiones geográficas y cinco estratos de interés y otra de asociaciones, mediante 169 entrevistas con líderes o representantes de organismos con las que se analizaron sus patrones de organización, alianzas y peticiones entre actores colectivos de la sociedad civil.

¿Cuál fue el meollo del hallazgo? Un déficit en materia de educación en general, incluida la cívica. El INE señala que este documento es importante referente para crear una política de educación cívica que coadyuve a la formación de competencias cívicas, fortalezca la convivencia democrática, promueva los derechos ciudadanos e impulse espacios y mecanismos de participación ciudadana. Esta educación cívica es un bien público que requiere de coordinación y articulación de esfuerzos entre organismos públicos, organizaciones privadas y la sociedad civil.

Podemos enlistar las características del ciudadano ideal: que sea responsable, que haga a un lado la indiferencia, que aprenda a identificar los problemas para enfocarse en su resolución, informarse, organizarse y participar. Urge, desde luego, una agenda pública nacional que contribuya a construir ciudadanía de calidad en México. Sin embargo, será prácticamente imposible lograrlo si no vamos a la raíz del déficit: la educación. Pero…

Me temo que aquí nos enfrentamos al dilema del huevo y la gallina. ¿Qué debe ser primero? ¿La participación ciudadana eficaz, vigilante del poder conferido al funcionario público, o la preparación adecuada para que ese ciudadano esté suficientemente preparado para ser celoso custodio de la nación?

Dos son los soportes del Estado: un bueno gobierno y una buena ciudadanía: preparada, informada, educada. Si uno de los soportes no mantiene el equilibrio, entonces el Estado en su conjunto flaquea, se debilita, cojea… se estanca su desarrollo.

Podríamos resumir con una cita del escritor, pensador y político francés Alexis Henri Charles de Clérel, vizconde de Tocqueville: “Las sociedades deben juzgarse por su capacidad para hacer que la gente sea feliz”. Ni más ni menos


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