Ilusionismo

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Los gobiernos de casi todo el planeta continúan basando el éxito de sus acciones en indicadores macroeconómicos, como la tasa de crecimiento de la economía, o el PIB, nivel de inflación, balanza comercial o de reservas monetarias; en tanto que las variables que miden el desarrollo, como el índice de escolaridad y la esperanza de vida, continúan siendo secundarias para determinar la eficiencia de las políticas públicas predominando el paradigma economicista por sobre el humanista.

¿De qué sirve a los mexicanos que Agustín Cartens diga que históricamente tendremos la inflación más baja desde que se lleva registro del crecimiento de los precios al consumidor y de que haya buenas expectativas para los inversionistas, si México sigue teniendo una de las desigualdades más abismales del planeta, si tiene en su territorio zonas de las más pobres del mundo, si es de los países más corruptos y menos transparentes, si tiene a la mayoría de su población en condiciones de pobreza?

Por favor, hasta cuándo vamos a seguir midiendo el éxito del país según sea el nivel de precios, la fortaleza de nuestra moneda, el monto de las inversiones o las expectativas de los inversionistas, todo lo cual relacionado con el estado de la moneda, como si esta fuera un ser viviente, que respira, siente, que tiene sangre y vida, por qué no se mide el éxito de un país en función de las condiciones de las personas.

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Precisamente, entre los académicos y teóricos del desarrollo, es cada vez más aceptado que el enfoque económico de desarrollo se ha convertido en el principal impulsor de políticas que en lugar de beneficiar a las personas, benefician al dinero, el capital, los inversionistas, al mercado pues, en lugar de beneficiar a la sociedad, llevando a esta a una situación de grave desigualdad, atraso generalizado, marginación, pobreza de las mayorías, incremento de la delincuencia, corrupción e ilegalidad.

La devaluación, la disciplina fiscal, la oferta de reservas monetarias para detener la fuga de capitales, los ajustes recomendados por los organismos financieros internacionales a las economías con problemas en sus variables macroeconómicas como deuda pública, déficit fiscal e inflación, han acabado por generar una gran desigualdad, más pobreza e injusticia social, lo que ha puesto de manifiesto que el pensamiento economicista que nutre e influye en las políticas que buscan el crecimiento del Producto Interno Bruto han servido al mercado del dinero, inversionistas y especulaciones bursátiles, pero ha fallado para generar bienestar y desarrollo en la sociedad.

Por eso el discurso economicista de éxito o desarrollo es puro ilusionismo, sirve y es realista sólo para un reducido grupo de personas con altísimo nivel de ingreso, no así para los millones de habitantes del país que viven en condiciones de pobreza. Buscar el crecimiento económico con políticas fiscales y monetarias contraccionistas dirigidas a la estabilidad macroeconómica, resulta socialmente dañino.

El éxito de los gobiernos o de los países no debe medirse sólo en función de las variables macroeconómicas, en lugar de que la meta principal sea el crecimiento económico, sea elevar el nivel de bienestar de la gente, el desarrollo humano, el goce pleno de los derechos humanos y garantías constitucionales, el capital institucional que lo ampare, variables que tienen que ver directamente con la vida de las personas y no de algo que no tiene vida como es el dinero, aunque así lo crean quienes posean inmensa riqueza económica; me pregunto cuánto afecta en su vida, salud, alimentación, a un millonario que pierda unos cuantos millones de dólares en su fortuna. Es ilusionismo.


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