¿Estados Unidos nos rescata de nuevo?

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¡Vaya pues! Como no podemos arreglar nuestros propios asuntos, nuestros buenos vecinos se ofrecen ayudarnos.

Washington está siempre atento a nosotros. El secretario de Estado de EU, John Kerry, acaba de declarar que apoyará al presidente Peña Nieto en estos difíciles momentos porque tienen mucho interés en el bienestar de los dos pueblos, el suyo y el mexicano.

El gobierno mexicano expresó “Estamos agradecidos del ofrecimiento del gobierno norteamericano aunque la ayuda la consideramos complementaria a nuestros esfuerzos en la materia.”

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Estados Unidos siempre pendiente de México. Hace más de cien años, el choque en nuestro país entre liberales y conservadores estuvo a punto destrozar a la nación. La invasión de Napoleón III parecía muy fácil, pero contrariaba la Doctrina Monroe.

Cinco años duró la intervención francesa. Terminada la Guerra Civil norteamericana, las armas confiscadas a los confederados derrotados quedaban a la disposición de los liberales juaristas. En 1867 el presidente Andrew Johnson acercó soldados a la frontera listos para apoyar a Juárez mientras en París el embajador norteamericano presionaba para el retiro de las tropas de México.

Muchos años después y siempre pundonorosos, las dudas sobre la constitucionalidad del Plan Mérida no impidieron que aceptáramos asistencia técnica, material y financiera de los Estados Unidos para combatir al narcotráfico. La CIA se sintió confiada para lanzar el estrambótico programa “Rápido y Furioso” mandando armas a los narcos para rastrear sus pistas.

Se supone que hay que seguir agradeciendo el apoyo norteamericano. La notoria incompetencia de Peña Nieto para poner en orden la casa, que se exhibe en la impunidad del crimen organizado y ahora el horrendo drama de Ayotzinapa, provoca un penoso desprestigio internacional. La imagen del país se deteriora cada vez más. La inseguridad afecta los intereses económicos de los inversionistas extranjeros y los de Estados Unidos son prioritarios.

Ante el desconcertante cuadro, John Kerry sintió necesidad de hacer oír el parecer de su país. Esta semana sentenció que “los responsables del crimen atroz que representa la desaparición de los normalistas tendrán que rendir cuentas ante la justicia.”

La Cancillería mexicana correspondió: “El apoyo estadunidense demuestra el excelente espíritu que enmarca la cooperación bilateral en materia de seguridad y justicia… la cooperación permite un diálogo franco y respetuoso enfocado a promover los intereses de sus sociedades en esta materia”. Terminó agradeciendo todas las acciones de la administración del presidente Barak Obama, que conduzcan a la verdad sobre el caso de Ayotzinapa y al deslinde de responsabilidades correspondientes…”

No sólo es México. A Estados Unidos le preocupa toda América Latina. Desde mayo pensaba en imponer sanciones a Venezuela. La Cámara de Diputados norteamericana aprobó unánimemente sancionar a funcionarios venezolanos acusados de violaciones a los derechos humanos de los opositores que se manifestaron durante las protestas ocurridas en febrero y mayo de este año, prohibiendo la entrada a EU de presuntos responsables de represión, además de bloquear sus bienes en suelo estadunidense. “Los individuos que están detrás de las violaciones de derechos humanos en Venezuela no podrán seguir escondiéndose y serán responsabilizados… El Congreso norteamericano escucha, ve y siente el sufrimiento del pueblo venezolano”. “Tenemos que asegurarnos que ningún líder latinoamericano permanezca en el poder indefinidamente”, dijo Kerry anteayer en el Departamento de Estado, en un nuevo alarde de prepotencia.

Si algunos académicos dudan de la política que Estados Unidos tiene hacia América Latina, encontrarán una faceta importante en las acciones dirigidas a nuestra área en materia de seguridad. Aún de mayor prioridad que la lucha contra el narcotráfico, está la tranquilidad y respeto en todo el continente para salvaguardar los intereses económicos norteamericanos.

Si no resolvemos pronto nuestros propios problemas, seguiremos perdiendo soberanía, ahora en aras de consolidar el bloque norteamericano de países que, dentro de una estrategia mayor, Estados Unidos ansiosamente promueve.


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