¿Cómo se está gobernando?

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A Vicente Fox se le vino el mundo encima en enero de 2003, cuando en una de sus declaraciones banqueteras expresó: “¿Y yo por qué?” como evasiva de la intervención del Ejecutivo Federal en la solución del grave conflicto trabado entre dos empresas de televisión. La frase quedó inscrita en la antología de sus dichos que hicieron las delicias de sus críticos y malquerientes.

Con otras palabras, pero igual actitud, fue la postura del supremo gobierno en los primeros días de los terribles hechos de Iguala, los que se han extendido a Chilpancingo, Cocula y DF, generando negativas repercusiones para México en organismos multilaterales y el Parlamento Europeo.

Son hechos que al coincidir y articularse con otros —la matanza de Tlataya y la fallida maniobra para apaciguar el conflicto del IPN— estallaron una crisis en los rostros del Presidente y de sus colaboradores del gabinete de seguridad, obligándolos a entrar a Guerrero a contrapelo de sus cálculos políticos.

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El país y la comunidad internacional estamos en vilo; a la espera de las noticias sobre el paradero de los estudiantes de Ayotzinapa, atentos al esclarecimiento de lo que ocurrió en aquella infausta noche, reclamando el deslinde de responsabilidades ante el cúmulo de actos criminales por acción de delincuentes y omisión de autoridades de los tres niveles, exigiendo una solución justa, pronta y expedita. Son muchos días de estupor. Se acumulan razones para la indignación y se duda de la capacidad y voluntad política de los responsables del Estado para hallar la salida. Enredo al que se metieron por cuenta propia.

La realidad está cobrando, muy pronto, una sangrienta y desoladora factura. A fuerza de ganar puntos de popularidad y votos, los actuales responsables de procurar seguridad pensaron que bastaba una estrategia de comunicación: dejar de hablar de los estragos del crimen organizado, presentar las estadísticas de delitos y la violencia en clave optimista, organizar y publicitar reuniones de coordinación con el bla bla de libreto, cubrir el expediente mediático y descalificar todo lo hecho por el gobierno anterior.

Bajo el sofisma “en política, percepción es realidad”, útil electoralmente pero irresponsable en el ejercicio gubernamental, las ahora pasmadas autoridades vieron que los grupos facinerosos se empoderaron de Guerrero, esclavizando a sus comunidades. Autoridades y criminales en impune y dorada asociación. Denuncias las hubo. Nadie les dio el debido seguimiento. Ahora salen a la luz evidenciando complicidades y negligencias. Los reportajes de Denise Maerker, por lo menos desde hace año y medio, contienen gritos desesperados de personas y pueblos que nadie quiso escuchar. El statu quo del arreglo entre delincuencia y política los silenció. Pero la burbuja ilusoria de las percepciones explotó: un campo sembrado de fosas pletóricas de restos humanos, 43 estudiantes desaparecidos, el palacio del gobernador Aguirre en llamas, un alcalde fugado y otro munícipe señalado de ser capo sanguinario, pasaron al primer plano nacional.

¿ Cómo se está gobernando el país? La economía no será inmune permanentemente si la gobernanza sustentada en simples percepciones sigue siendo la norma. Confianza es el nombre del juego, llegó la hora de rectificar.


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