domingo, mayo 17, 2026
Inicio Editorial Fracturas en Morena: El discurso del «Pueblo» ya no sirve para ocultar...

Fracturas en Morena: El discurso del «Pueblo» ya no sirve para ocultar la realidad

0
5

Introducción: El Espejismo de la Autarquía Discursiva

El análisis político contemporáneo se enfrenta a menudo con la tentación de evaluar el discurso público desde una perspectiva puramente descriptiva, asumiendo las declaraciones de los actores gubernamentales como reflejos fieles de la realidad o, en su defecto, como meras herramientas de propaganda electoral. Sin embargo, si nos adentramos en la sociología política de corte constructivista y gramsciano, la política no es un escenario de verdades inmutables, sino un campo de batalla permanente por la institución de sentidos compartidos. En este espacio, el poder político no se posee de manera absoluta; se construye, se negocia y se sedimenta a través de narrativas en constante competencia.

El reciente escenario mexicano ofrece un caso paradigmático de fricción entre la retórica de la soberanía popular y las dinámicas transnacionales del poder fáctico. Las afirmaciones de la presidenta Claudia Sheinbaum —sintetizadas en el axioma de la pureza moral («nosotros no mentimos, no robamos y no traicionamos al pueblo de México») y en la proclamación de una inmunidad soberana («ningún gobierno extranjero le va a arrebatar la transformación»)— han chocado de frente con un hecho incontrovertible: la entrega a la justicia estadounidense de dos figuras clave del entramado criminal de Sinaloa.

Este acontecimiento no solo expone las costuras de la estrategia de comunicación gubernamental, sino que revela una contradicción estructural profunda: la utilización del concepto «pueblo» como un escudo metafísico para evadir las claudicaciones de la realidad institucional y geopolítica. El presente informe se propone diseccionar esta fricción discursiva, analizando cómo el significante flotante del «pueblo» es tensado hasta el punto de ruptura cuando la soberanía declarada capitula ante las exigencias de la gobernabilidad real y las presiones externas.

I. La Construcción Discursiva del Adversario y la Anatomía del «Nosotros»

Para comprender la vacuidad progresiva del discurso oficial, es imperativo recurrir al utillaje metodológico del análisis de marcos (frame analysis) y la teoría de la hegemonía. Todo discurso político con pretensiones de universalidad debe articular una lista mínima de componentes: la delimitación de un «nosotros» (el sujeto colectivo que encarna la legitimidad), un «ellos» (el antagonista responsable de los males públicos), una propuesta de solución y una movilización de aglutinantes simbólicos.

-Publicidad-
[Exterior Constitutivo: Gobiernos Extranjeros / Pasado Corrupto]
                        │
                        ▼ (Tensión Antagónica)
┌────────────────────────────────────────────────────────┐
│         EL «NOSOTROS» POPULAR E INMACULADO             │
│  "No mentir" ─── "No robar" ─── "No traicionar"        │
└────────────────────────────────────────────────────────┘
                        ▲
                        │ (Fricción Fáctica)
[Realidad Transnacional: Extradiciones / Cooperación Coercitiva]

En la narrativa de la administración actual, el «nosotros» se autodefine mediante una superioridad moral tautológica: el gobierno es el pueblo y, por lo tanto, el gobierno es incapaz de delinquir, engañar o traicionar. Este ordenamiento binario sigue el patrón amigo/enemigo schmittiano, donde la legitimidad no se deriva del cumplimiento de indicadores técnicos o de la rendición de cuentas institucional, sino de la pertenencia a una identidad política sagrada. El «ellos», en este marco interpretativo, está configurado por el pasado neoliberal y, de manera intermitente, por las fuerzas de la injerencia extranjera.

La contradicción surge cuando el «afuera constitutivo» —en este caso, la justicia y el aparato de seguridad de los Estados Unidos— interviene de manera decisiva en el territorio nacional, ejecutando o forzando la entrega de altos mandos del narcotráfico. En ese preciso instante, la frontera discursiva se disuelve. Si la «transformación» es un patrimonio inexpugnable del pueblo, la consumación de actos de justicia penal fuera del control del Estado mexicano vacía de contenido la proclamación de soberanía. El enemigo externo no necesita «arrebatar» la transformación; simplemente opera al margen de ella, evidenciando que el Estado no posee el monopolio de la violencia legítima ni el control territorial absoluto en ciertas regiones, forzando una cooperación coercitiva que el discurso oficial se empeña en negar.

II. El Fetiche del Significante Vacío y la Elusión de la Realidad

Conceptos como «pueblo», «transformación» o «justicia» son lo que la sociología política denomina significantes vacíos o flotantes. Debido a su sobresaturación en el debate público, carecen de un contenido fijo y son objeto de una pugna constante por parte de los actores políticos para dotarlos de un significado particular. Un discurso exitoso es aquel que logra apropiarse de estos términos altamente valorados, presentándolos de tal manera que sus propuestas particulares parezcan de beneficio universal.

La declaración «nosotros no mentimos, no robamos y no traicionamos» funciona como un mantra de clausura postpolítica. Al sacralizar estas tres premisas, el gobierno intenta blindar sus acciones de la crítica empírica y del escrutinio técnico. Si se asume como dogma que el gobernante no miente, cualquier dato, informe o acontecimiento que contradiga la narrativa oficial es catalogado automáticamente como un ataque de los adversarios, una distorsión de la verdad o una invención del exterior constitutivo.

Sin embargo, los hechos de Sinaloa demuestran que el uso del «pueblo» como escudo retórico tiene un límite de resistencia elástica. La entrega de los capos a la justicia extranjera pone de manifiesto que las decisiones críticas de seguridad y gobernabilidad no se están dirimiendo en las plazas públicas ni bajo los términos de la democracia participativa, sino en los pasillos de las agencias de inteligencia transnacionales. La realidad fáctica fractura la ilusión autárquica del discurso. El significante «pueblo» queda así desprovisto de su función unificadora y se revela como un mecanismo de elusión: ante la incapacidad institucional de pacificar el territorio y procesar judicialmente a los grandes factores de desestabilización, el poder Ejecutivo se refugia en la pureza de sus intenciones declaradas.

III. El Estado como Correlación Sedimentada de Fuerzas y la Fricción Institucional

Desde una perspectiva gramsciana, las instituciones y los códigos jurídicos no son estructuras neutrales ni fotos fijas; son el resultado de un pacto temporal que congela un determinado equilibrio de fuerzas entre actores en conflicto. La estabilidad institucional o «gobernabilidad» se mantiene gracias a la capacidad de las élites dirigentes para renovar los consensos y reacomodar su poder frente a los desafíos internos y externos.

El caso analizado visibiliza una profunda fricción entre el Estado formal y el Estado real. Mientras el discurso presidencial insiste en una soberanía monolítica e inquebrantable, la estructura del Estado mexicano opera en una condición de asimetría estructural respecto a su vecino del norte y de vulnerabilidad frente a los poderes fácticos locales. Las detenciones y entregas de criminales a cortes estadounidenses no son anomalías aisladas; son la manifestación de una correlación sedimentada de fuerzas donde el aparato estatal doméstico se ve obligado a ceder parcelas de su soberanía jurídica a cambio de estabilidad financiera, comercial y geopolítica.

Dimensión Discursiva (Retórica Oficial) Dimensión Fáctica (Realidad Geopolítica)

Soberanía absoluta frente al extranjero.

Dependencia de agencias de inteligencia externas.

Monopolio moral del «pueblo».

Fragmentación del control territorial por poderes fácticos.

Inmunidad de la «Transformación».

Vulnerabilidad ante la justicia transnacional.

Clausura del debate bajo el dogma de la honestidad.

Exigencia internacional de rendición de cuentas empírica.

Esta dualidad genera un cortocircuito en la opinión pública universitaria y en los sectores críticos de la sociedad civil. La insistencia en que «ningún gobierno extranjero arrebatará la transformación» se lee, en el mejor de los casos, como un ejercicio de voluntarismo político y, en el peor, como una ceguera estratégica. La transformación de un orden social no se defiende mediante la repetición de consignas morales, sino mediante el fortalecimiento de las capacidades institucionales para ejercer la ley dentro del propio territorio. Cuando la justicia se imparte fuera de las fronteras nacionales debido a la ineficacia o la complicidad local, la soberanía ya ha sido vulnerada, independientemente de lo que dictamine la retórica oficial.

Conclusión: Los Límites de la Guerra de Posiciones Discursiva

La estrategia de comunicación de la administración actual ha apostado fuertemente por lo que Gramsci denominó la «guerra de posiciones» en el terreno cultural e ideológico: el asalto prolongado al sentido común para naturalizar un proyecto de sociedad. Durante años, esta estrategia ha sido sumamente exitosa al capitalizar los agravios históricos de los sectores subalternos y unificarlos bajo el manto de la «transformación». Sin embargo, la hegemonía no se sostiene únicamente a través del consenso discursivo; requiere también de una base de eficacia material y de la capacidad real de conducción del Estado.

El discurso que utiliza al «pueblo» como un escudo místico para evadir las claudicaciones de la realidad está llegando a su punto de saturación y rendimiento decreciente. Las palabras de la mandataria quedan «huecas» no por una debilidad en su construcción sintáctica o en su entrega retórica, sino porque la distancia entre el enunciado político y el acontecimiento fáctico se ha vuelto insalvable. Para la academia y las nuevas generaciones de analistas, este fenómeno debe servir como una lección fundamental: en la ciencia política contemporánea, el análisis del discurso no puede desvincularse de la contrastación empírica. Cuando la pureza moral autoproclamada choca contra la dureza de la geopolítica transnacional, el mito se disuelve, dejando al descubierto las crudas e inestables relaciones de poder que realmente gobiernan la nación.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí