El ejercicio del poder en la América Latina contemporánea ha perfeccionado un dispositivo de comunicación estratégica que desafía las leyes de la lógica formal: la conversión del pasado en un fetiche retórico bidimensional. Bajo las administraciones de Andrés Manuel López Obrador y su continuadora institucional, Claudia Sheinbaum, la temporalidad histórica ha dejado de ser una secuencia causal para transformarse en un inventario de exculpaciones y estigmatizaciones asimétricas. Este fenómeno, que denominaremos «anacronismo instrumental», opera mediante una fricción discursiva sistémica: se edifica una épica gubernamental basada en la impugnación de agravios pretéritos —desde la conquista española del siglo XVI hasta el diseño institucional del periodo neoliberal— mientras, simultáneamente, se decreta la prescripción de responsabilidades para los aliados políticos del régimen bajo el argumento de la obsolescencia temporal.
Esta disonancia no es un error de cálculo en la arquitectura del mensaje público; es el núcleo mismo de su efectividad. La declaración de la presidenta Sheinbaum, al calificar de insensatas las acusaciones contemporáneas contra figuras de la Revolución Cubana por actos de hace tres décadas, contrasta abiertamente con la persistente exigencia de disculpas a la Corona Española por la caída de Tenochtitlan. Al fragmentar el tiempo histórico, el régimen consigue un doble dividendo estratégico: inmuniza a sus socios geopolíticos mediante un pragmatismo realista y, al mismo tiempo, moviliza el resentimiento identitario doméstico para erosionar la legitimidad de la oposición actual, a la que vincula umbilicalmente con los espectros de Felipe Calderón o Hernán Cortés. La historia no se analiza; se confisca.
TIEMPO HISTÓRICO INSTRUMENTALIZADO
[Pasado Remoto / Adversarios] [Pasado Reciente / Aliados]
Cortés (500 años) / Calderón Raúl Castro (30 años)
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Hipermnesia Condenatoria Amnesia Exculpatoria
(Vigencia Permanente) (Obsolescencia Temporal)
El Conflicto como Sustrato Ontológico
Para desentrañar este laberinto hermenéutico, es indispensable recurrir a las herramientas de la sociología política constructivista. Como bien señalaba Íñigo Errejón, el análisis político no consiste en la mera descripción de datos institucionales, sino en la interpretación de los sentidos en construcción y competencia. En esta clave gramsciana, el discurso oficial no busca reflejar la realidad, sino instituirla mediante la delimitación de un «nosotros» popular frente a un «ellos» oligárquico. El conflicto, por tanto, no es una anomalía de la gobernabilidad, sino el corazón ontológico del proyecto político dominante.
La fricción discursiva detectada entre la hipermnesia condenatoria y la amnesia exculpatoria revela una profunda contradicción en la gestión del antagonismo. Al amparo de la teoría del discurso de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, el régimen ha vaciado de contenido conceptos universales como «justicia» e «historia» para convertirlos en significantes flotantes, moldeables según las necesidades de la coyuntura. La incongruencia evidente no desactiva el mito; al contrario, lo alimenta, pues la audiencia universitaria y los sectores subalternos a los que apela no evalúan la consistencia lógica del enunciado, sino su eficacia como vector de dignificación colectiva frente a los abusos del pasado. La contradicción es el motor de la polarización.
Conclusiones: El Agonismo Capturado
El análisis del sistema de partidos bajo esta hegemonía discursiva demuestra que la «guerra de posiciones» se gana hoy en el terreno del sentido común de época. Mientras las oposiciones sigan atrapadas en la defensa tecnocrática del dato y la consistencia argumentativa, el régimen continuará dictando la topografía del campo de batalla mediante narrativas identitarias de alta intensidad. La estrategia de distracción basada en el agravio histórico es, en última instancia, una sofisticada tecnología de gobernabilidad que congela la discusión sobre los fracasos del presente, subordinando la rendición de cuentas a la perpetuación de un estado de transición ideológica permanente.






















