¿Escucharán los lobos?

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Gubbio es una antigua y cautivadora ciudad italiana enclavada en la región de Umbría. Cuenta la leyenda que hace muchos años, cuando san Francisco de Asís vivió ahí, existía un lobo que tenía aterrorizada a la población. Rubén Darío, el notable poeta nicaragüense se inspiró en el relato y escribió un poema que seguramente alguna vez usted estimado lector leyó o escuchó. Ya caerá usted en cuenta del porqué de este preámbulo.

Apenas esta semana tuvimos la visita del Jefe de la Iglesia Católica y a su vez del Estado del Vaticano, Su Santidad el Papa Francisco. Es el primer sucesor de san Pedro de origen latinoamericano, quizá esto influye en nuestro ánimo para sentirlo más cercano a nuestra idiosincrasia, pero al margen de esta apreciación subjetiva de mi parte, lo que no podemos negar es que es un hombre de su tiempo, con una sensibilidad a flor de piel y un conocimiento de la realidad que se traduce en la claridad con que se expresa de la misma y, sobre todo, en la forma en que la vincula a los hechos del día a día. En lo particular me conmueve su humildad.

Igual que el santo de Asís, el Papa Francisco vino a dialogar con los lobos de nuestro tiempo, no sé si doblegará a las fieras, como sí sucedió con el de Gubbio -por lo menos un tiempo, apunta Darío en su poema – pero dijo verdades de a libra a un país que está aprendiendo a odiar y eso no debe ser. Vino a recordarnos que somos comunidad y a invitarnos al diálogo, a la generosidad y a la paz.

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Hizo un llamado a todos. Empezó con los hombres del poder político, en su primer discurso, en Palacio Nacional, donde estuvieron presentes tirios y troyanos, de todos los colores: “…les corresponde de modo especial trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino, en su familia y en todos los círculos en los que se desarrolla la sociabilidad humana, ayudándoles a un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz”. Recalcó que no era asunto de leyes sino de “…responsabilidad personal de cada uno, con pleno respeto del otro como corresponsable en la causa común de promover el desarrollo nacional. Es una tarea que involucra a todo el pueblo mexicano en las distintas instancias, tanto públicas como privadas, tanto colectivas como individuales”.

En Ecatepec apuntó que había que hacer de México una tierra de oportunidad: “Donde no haya necesidad de emigrar para soñar; donde no haya necesidad de ser explotado para trabajar; donde no haya necesidad de hacer de la desesperación y la pobreza de muchos el oportunismo de unos pocos”. Destacó que la mayor riqueza que tiene este País son sus jóvenes porque, “un pueblo con juventud es un pueblo capaz de renovarse, transformarse hacia el futuro y, a su vez, nos desafía positivamente en el presente… También a darnos cuenta de que un futuro esperanzador se forja en un presente de hombres y mujeres justos, honestos, capaces de empeñarse en el bien común, este ‘bien común’ que en este siglo 21 no goza de buen mercado”. Ponderó la inclusión y a la familia: “En la familia se aprende cercanía, se aprende solidaridad, se aprende a compartir, a discernir, a llevar adelante los problemas unos de otros, a pelearse y a arreglarse, a discutir y abrazarse y a besarse. La familia es la primera escuela de la Nación y en la familia está esa riqueza que tienen ustedes”, subrayó a los muchachos.

Y lo que expresó en el Colegio de Bachilleres en Ciudad Juárez, Chihuahua, es el corolario. Fuerte, contundente: “¿Qué quiere dejar México a sus hijos? ¿Quiere dejarles una memoria de explotación, de salarios insuficientes, de acoso laboral o de tráfico de trabajo esclavo? ¿O quiere dejarles la cultura de la memoria de trabajo digno, del techo decoroso y de la tierra para trabajar? Tres T. Trabajo, techo y tierra. ¿En qué cultura queremos ver nacer a los que nos seguirán? ¿Qué atmósfera van a respirar? ¿Un aire viciado por la corrupción, la violencia, la inseguridad y desconfianza o, por el contrario, un aire capaz de generar alternativas, generar renovación o cambio?”.

Si la razón escucha y el corazón se agranda habrá cosecha.


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