El síndrome de Estocolmo mexicano

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El síndrome de Estocolmo mexicano

Por: Alejandro Díaz,
En colaboración con Lydia Gil del Rincón

En 1973 se dio un asalto a un banco en la capital de Suecia, Estocolmo, que culminó en el secuestro de cuatro empleados del banco. A pesar de la violencia del asalto, los rehenes terminaron protegiendo al secuestrador de las acciones de la policía. Quizá porque recibieron un trato gentil por parte del asaltante, o quizá por reacción a la imposición policiaca, los rehenes increíblemente mostraron una actitud benévola a quien les había privado de la libertad.

Este hecho dio origen al término “síndrome de Estocolmo”, que a partir del año siguiente fue ratificado al recibir una gran difusión el caso de Patricia Hearst, nieta del multimillonario dueño de periódicos William Randolph Hearst. Después de ser secuestrada por un movimiento “social” terrorista, inesperadamente se unió a él dos meses después de su liberación. A partir de entonces se han dado cientos de casos para describir a quienes siendo objeto de algún tipo de dominación (física, verbal o intelectual) manifiestan sentimientos positivos hacia quien los domina o que los mantuvo dominados.

De esta manera los sociólogos consideran que el término explica tanto conductas benevolentes como actitudes positivas de muchas víctimas hacia sus captores. Lo aplican especialmente al caso de rehenes, pero también de prisioneros de guerra, de cónyuges violentos que dominan a sus parejas, de miembros de sectas extremistas e incluso de líderes que manipulan sin rubor a sus seguidores.

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Las personas que pueden catalogarse que están bajo el influjo del “síndrome de Estocolmo” difícilmente pueden liberarse del yugo. De alguna manera se sienten vinculados con quien ejerce la dominación, manifestando solidaridad, cariño o sumisión según sea el caso. Si alguien intenta hacerlas entrar en razón enfurecen pues creen se atenta contra quien las domina. Por eso, muchos cónyuges que sufren maltrato de sus parejas lo aceptan sin chistar, llegando al extremo de defender a quien las dominan de intervenciones ajenas o de opiniones adversas, prefieren seguir subyugadas que la incierta libertad.

Aunque suene extraño el término en el ámbito político, el síndrome de Estocolmo se repite a lo largo de la historia: quien detenta el poder de forma unipersonal usando sus habilidades de comunicación y/o de manipulación logra simpatías y apoyos de quienes le escatima oportunidades y progreso. Igual que la cónyuge maltratada defiende a quien la somete, los simpatizantes del líder autoritario lo defienden, incluso ante declaraciones mentirosas e indefendibles.

Así lo hicieron reyes y emperadores en tiempos absolutistas, dictadores como Hitler o Stalin en tiempos más recientes y lo hacen ahora líderes autoritarios como Maduro (Venezuela), Erdogan (Turquía) o Putin (Rusia). Llegados al poder a través de procesos democráticos o no, con habilidad usan su capacidad para mantener la atención en temas distractores con tal de no informar con veracidad de temas realmente importantes (seguridad, salud, educación). Para mantener la lealtad de quienes les profesan sumisión les suministran elementos para que se refuercen su vinculación.

Que cada quien saque sus propias conclusiones, pero entre todos debemos sacar del engaño a quienes hoy en día siguen defendiendo a un líder mentiroso. Unos ya se dieron cuenta y lo han manifestado, pero otros lo siguen ciegamente, y lo seguirán hasta que finalmente se percaten que su voluntad ha sido capturada en beneficio de quien no merece su apoyo.

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