¿El PRI en la órbita de la 4T?

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Del Partido Revolucionario Institucional sabemos varias cosas. Que Calles lo fundó en el México convulso de 1929 no como un partido sino como un “entero”, es decir, una organización donde cupieran prácticamente todos, y que fue partido hegemónico durante 71 años. Que de una confederación de cacicazgos regionales (PNR) pasó en 1938 a ser la correa de transmisión del presidencialismo (PRM) y que en 1946 trocó en plataforma política de una suerte de capitalismo de Estado (PRI). Que tuvo una gran plasticidad ideológica (albergó al cardenismo y al alemanismo, cuyas ideologías eran tan distantes como las que hoy profesan Morena y el PAN) y operó el corporativismo clientelar de un régimen con sentido de Estado, pero intrínsecamente corrupto y autoritario.

También sabemos que, puesto que nació desde el poder para conservarlo, ser oposición no es su fuerte. Después de su derrota en 2000, año de la primera alternancia, más que oponerse a las sucesivas Presidencias panistas optó por atrincherarse en el Congreso e intentar cogobernar con ellas, de lo cual sus jefes parlamentarios obtuvieron pingües réditos políticos y económicos. Sabemos que en 2012 volvió a Los Pinos y forjó una auténtica cleptocracia. Y sabemos que en 2018 perdió la elección presidencial y que desde entonces su declive ha sido constante: en 2021 perdió ocho de 12 gubernaturas que le quedaban y, gracias a la coalición Va por México, quedó como tercera fuerza en la Cámara de Diputados.

Lo que no sabemos es a dónde se dirige ahora, en vísperas de 2024. Contra los dichos de sus líderes de que permanecerá en la alianza opositora obran sus pactos con Morena y sus votos en el Congreso a favor de iniciativas caras a la 4T (votos que se multiplican conforme aparecen el garrote de expedientes abiertos y la zanahoria diplomática o burocrática). Yo tengo serias dudas de que se mantengan en la oposición. Por encima del nacionalismo revolucionario de Andrés Manuel López Obrador y el ADN presidencialista del priismo hay una poderosa razón para su acercamiento: el priismo cupular tiene una larga cola y no resistiría un pisotón del SAT o de la UIF o de la Fiscalía. Todo parece indicar, pues, que la fuerza gravitacional de AMLO los jalará a su órbita.

No, no ha sido buen negocio pronosticar la novena muerte del PRI. Se trata del partido mexicano más gatuno y versátil, con la posible excepción del Verde. Pero ojo, tras de que llegó a gobernarlo el PRD, el DF tricolor se pintó completamente de amarillo; con ese antecedente es difícil imaginar al priismo fuera de la panza de Morena. Veremos. Su futuro, en todo caso, lo decidirán pragmática y casuísticamente sendos cálculos de costo-beneficio de los dirigentes de sus facciones: el PRI es un muégano que se rompe sin la miel de la Presidencia de la República. Más allá del incierto destino de su registro está el hecho de que, si sus pedazos relevantes se suman sin disimulos a AMLO, la ciudadanía que rechaza un nuevo maximato saldrá ganando. Y es que, con el priismo militando en la 4T rumbo a la elección presidencial, la alianza opositora no podrá repetir el error de regalarle un salvavidas. La polarización no debe cegarla: aunque existan priistas rescatables, del PRI como partido no hay nada que rescatar.

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