El PAN y su guillotina

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Con la presencia de Luis Videgaray en San Lázaro, el diputado panista Gustavo Madero soltó un discurso antipeñista en el que, por decir lo menos, le dijo populista. Era el patético intento por rescatar su imagen de un hombre que un día fue de oposición. Abandonado por los de adentro e ignorado por los de afuera, es un político acabado.

Pero el espejo en que se ve Madero, lo debe usar Ricardo Anaya. Madero se dice traicionado, y tiene razón. La nueva dirigencia se deshizo de él en cuanto pudo. Le hizo tragarse sus palabras de no querer ser coordinador de la bancada. Anaya cometió el parricidio esperado, de la mano de quien fuera uno de los más destacados maderistas: Santiago Creel, quien convertido en Salomé, pasea en charola la cabeza ensangrentada de Madero.

El PAN ha desarrollado una impresionante habilidad para devorar a sus líderes. Ser líder en el PAN significa la muerte política, el desprecio de los propios y en ocasiones hasta el destierro. Los panistas en puestos de poder viven una inacabable Noche de los cuchillos largos, en la que nadie se sacia y en la que solamente se asesina al que vive en casa. Basta ver la situación actual de los últimos presidentes de ese partido: Madero, un diputado que no encabeza ninguna comisión importante; Germán Martínez, prácticamente retirado a la abogacía (el rumor de que puede ser candidateado a la Suprema Corte, omite que en el Senado buena parte de la bancada panista lo odia y jamás votaría por él, preferirían votar por alguien del PRI); César Nava, lo mismo; Manuel Espino, expulsado del partido. Luis Felipe Bravo Mena, quiso ser senador y lo mandaron al lugar veintitantos en el que nunca llegaría, antes que él entraron por lo menos una decena de treintañeros que son, prácticamente, analfabetas funcionales). Ayer, en un homenaje a su honestidad, le encargaron vigilar la corrupción en el partido; Carlos Castillo Peraza ya se había salido del partido cuando murió. Y qué decir de los presidentes de la República: Fox, fuera ya del partido por hacer propaganda para otro candidato (expulsión automática), y Calderón es visto con rencor por buena parte de la dirigencia y ha dejado saber que podría salirse del partido. En el caso de los liderazgos locales del PAN es lo mismo. Destrozan los liderazgos propios y corren al basurero del PRI a escoger un candidato para lanzarlo en alianza con el PRD.

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El nombramiento de Humberto Roque Villanueva, lleva un mensaje priista implícito: los que han dado algo al partido no son olvidados. Eso en el PAN es impensable. El partido es un festín de caníbales, una guillotina que no cesa de funcionar. Es una institución que no cuida de los suyos, que aprendió a demolerse a sí misma, en la que no hay satisfacción más grande que ver caer la cabeza del compañero, beber del inacabable vaso de sangre que circula en sus órganos directivos y claro, mientras más zafios los personajes, más sangre exigen. A saber cuándo acaben.


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