El muro de AMLO

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El mayor de sus tropiezos lo tuvo en el terreno en el que mejor se mueve. Si alguien se ha preocupado por apropiarse de los símbolos y usarlos para apuntalar su machacona propaganda es el presidente Andrés Manuel López Obrador, en lo cual ha tenido indiscutible éxito. Por eso, más que por otro de sus cambios de opinión respecto a su época de opositor, desconcierta que haya decidido poner un muro alrededor de Palacio Nacional con grandes vallas, obsequiando imágenes memorables que marcarán a su gobierno de manera muy distinta a la que explícitamente pretende.

Así como la Casa Blanca persiguió a Peña Nieto, la muralla lo hará con el actual mandatario. No podría ser de otra manera. El mensaje de separación física entre manifestantes y la sede del poder político contiene un elocuente simbolismo, máxime cuando ahí vive y despacha el Presidente más poderoso que hemos tenido en lo que va del siglo, quien llegó a ese cargo como líder social y encabezó no pocas protestas en el Zócalo, donde jamás se topó con vallas similares; nunca antes habían sido colocadas en ese lugar.

La muralla rompe por el centro su narrativa, misma que le es tan importante que la reitera cada mañana. Quien se jacta de representar al pueblo y codearse con los más humildes, colocó una barrera infranqueable que lo aleja de quienes protestan, un potente y ominoso golpe visual que recicla el sobado dicho salinista: “ni las veo, ni las oigo”.

Los intentos oficiales por suavizar el hecho con demagogia resultaron contraproducentes porque ninguna maroma va a desmentir la burda provocación que los ojos atestiguan y el buen juicio confirma. El desplante orwelleano de llamarle “muro de paz”, como lo hizo el vocero del gobierno, Jesús Ramírez Cuevas, exacerbó la indignación por insultar la inteligencia. ¿Y qué decir de la justificación presidencial de evitar dar mala imagen en el extranjero cuando en México asesinan 11 mujeres al día?

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El ofensivo episodio quedará fijado en la memoria colectiva también por la creativa y pronta respuesta de las mujeres agraviadas. Un día después de puesto, el ignominioso muro se convirtió en un memorial de las víctimas de feminicidio, una emotiva sacudida a las conciencias, teniendo de fondo el monumento y símbolo del poder presidencial que el Estado sí protege, a diferencia de las mujeres recordadas con sus nombres en las insultantes vallas reconvertidas en instrumento de protesta.

Las fotos lo dicen todo, no hace falta agregar nada. La apropiación del oprobioso muro será un hito de la lucha feminista y quien se siente prócer ya tiene ganado el papel de villano machista de la historia.

Si alguien tan avezado con los símbolos se metió solo en la trampa es porque se siente acorralado por un movimiento que no entiende y no acierta a responder. El proteico y plural movimiento feminista le descuadra el esquema al desbordar su visión maniquea y contravenir el relato presidencial de que todo acto de justicia es producto de su voluntad y, lejos de protestar, debieran agradecer la paternal tutela de quien les concede el derecho a la igualdad, como si dependiera de su gracia. No es casual que haya terminado la mañanera del 8 de marzo rodeado de colaboradoras inducidas a corear “es un honor estar con Obrador”.

Descalificar a las mujeres que protestan, afirmar que son manipuladas y darles trato de opositoras es un reflejo que se le revierte porque sus causas son transversales, sacuden a la sociedad desde sus cimientos culturales, rebasan a los partidos y son compartidas por muchos de sus adeptos. ¿Qué puede ser más irreprochable que demandar seguridad y castigo a quienes las violentan?

El Presidente se metió a un pantano de arena movediza al sostener la candidatura de Félix Salgado Macedonio. Acudir al manoseado expediente de teorías de la conspiración sólo lo han hundido más, confirmando su talante conservador. Al defender al presunto violador calentó la marcha. La pantomima de una nueva encuesta, estando ya registrado, no engañó a nadie y sólo elevó la temperatura.

Pero el provocador muro de la vergüenza convertido en memorial terminó siendo una memorable victoria política, ética, estética, simbólica y cultural de las mujeres que luchan contra la violencia.


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