‘El jefe de la banda’

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El jefe de la banda es un libro que contiene cátedra política, anécdotas sobre los presidentes de México desde Carranza hasta Calderón, vivencias de su autor, José Elías Romero Apiz, incluida su cercanía con quienes ejercieron el poder en México los pasados 50 años.

El trabajo no está exento de filias y fobias en la valoración de algunos sucesos que relata, pero tiene el mérito de describir lo limpio y lo sucio, lo eficaz y lo fallido, lo noble y lo cínico, lo patriótico y lo canallesco del sistema político mexicano durante la última centuria. O sea: las virtudes y los vicios humanos, con las especificidades del quehacer nacional.

Pero los lectores de esa obra, profunda e ilustrativa, hallarán en sus páginas 375 y 376 UNA CONDENA HISTÓRICA INJUSTA, ABSOLUTAMENTE INJUSTA.

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Hay dos circunstancias que mitigan cualquier culpa del autor: una, la torpeza del gobierno para informar lo que hizo, dando lugar a suposiciones y suspicacias; otra, que Romero Apiz se concreta a repetir lo propalado desde hace 21 años por quienes no presenciaron los hechos ni tuvieron participación directa o indirecta en ellos, pero el infundio se convirtió en “verdad histórica”.

La imputación, expresada sucintamente, consiste en que el presidente Zedillo hizo una transacción partidista con la PGR; que decidió regalarla al PAN, primero en la persona de Diego Fernández de Cevallos y después, por la negativa de éste y “aburrido de tanta búsqueda”, envió a los panistas el nombramiento “en blanco”, para que ellos “lo llenaran a su antojo y gana”, ante lo cual “Fernández de Cevallos anotó el nombre de Antonio Lozano”.

Pues no obstante que nada me vincula en amistad, afecto o trato personal con Zedillo, y que tengo motivo para guardar distancia de él y de quien fue su secretario de Gobernación, Chuayffet, reitero lo que he sostenido desde 1994: la acusación parte de un hecho real, se adereza con suspicacias y mentiras, y concluye con un juicio mal intencionado, repetido ad náuseam por los que detestan al ex presidente, en algunos casos con sobrada razón.

Mi testimonio:

1) El 27de noviembre de 94, Zedillo me pidió que aceptara ser procurador general de la República, lo cual rechacé reiteradamente.

2) Por tal motivo, invitó a su casa a Carlos Castillo —entonces presidente del PAN— para pedirle que me convenciera. Estuvimos en la reunión Carlos, Gabriel Jiménez Remus y yo.

3) Una alusión al PAN, hecha por Castillo, provocó que Zedillo le reprochara con enojo el comentario, precisándole que la propuesta era y su decisión sería por una persona, no en favor de un partido.

4) Antes de concluir la entrevista, el Presidente me pidió que le sugiriera a alguien, y le propuse a Rafael Sánchez Miranda, abogado priista, hombre probo, que trabajó en Gobernación con Olivares Santana.

5) Es falso que “sugerí” o “anoté” al licenciado Lozano, pero ratifico la amistad, la gratitud y el respeto que le profeso desde antes y por siempre.

Con este testimonio honro el lema de mi campaña en 1994: “Por un México sin mentiras”.


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