El fortalecimiento de la democracia

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Hace unos días recibí un mensaje en el que me compartían que el gran problema de nuestra mexicana democracia, es que el grueso de los mexicanos no se siente políticamente representados, sino todo lo contrario.

Discrepar en política no es solo inevitable, es necesario y conveniente. El mundo es ideológicamente diverso y plural. No fuimos hechos en serie, gracias a Dios. La democracia, entonces, demanda pluralidad para expresarse y visualizarse, y algo más –requisito sine qua non– respetarse. Por ende, los representantes de cada segmento de una sociedad plural, han de ser respetados como portavoces de quienes votaron por ellos. De no darse así, la democracia merma, se debilita, y en su lugar se crecen la exclusión y el totalitarismo.

¿Y qué es respetar? El respeto se demuestra en las formas. De entrada, las descalificaciones personales, no son la vía para exteriorizar las discrepancias, sino la evidencia de la pobreza en argumentos. Tampoco se expresa respeto cuando se recurre al menosprecio en la actitud o a la arbitrariedad en la aplicación de la norma.

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La democracia es mucho más que formas, sin que esto signifique que puede dejar de ser formal, pero va más allá.

La democracia tiene que dotar esas formas de contenido y de proximidad social, porque esto la enriquece, de ahí la relevancia de la participación ciudadana, de ahí la importancia de la actividad de los partidos políticos, de las organizaciones ciudadanas, y el diálogo como instrumento sine qua non para abrirle la puerta a las palabras, a la discusión de ideas, de exposición de diferencias y de coincidencias y de ahí al acuerdo que construye y que enriquece la vida de la comuna.

Estamos en época de transformaciones, que mandatan nuevos entendimientos, nuevos pactos, pero estos resultarán imposibles si el que media es el insulto y la descalificación personal.

Los pactos nacen desde la discrepancia no desde la inquina. Los pactos parten de acuerdos de quienes anteponen el respeto como común denominador. Las democracias se consolidan desde esta perspectiva, bajo estos cánones, su perdurabilidad se define así, no hay otra forma. Por eso mande quien mande, o gane quien gane una contienda, la institucionalidad está garantizada. Y cuando el escenario político es más complicado, es precisamente cuando las formas deben cuidarse meticulosamente.

Hay millones de mexicanos que aman su patria, pero no se sienten representados ni en los cabildos, ni en las gubernaturas, ni en la Presidencia de la República, ni en los congresos, sean los locales o el federal, abominan a los titulares, detestan cuanto tenga que ver con política o gobierno, a los partidos políticos no los resisten y en la debacle vuelven la vista a las candidaturas independientes buscando en ellas la representación que no encuentra en los de siempre. Sueñan con la unidad nacional y con la democracia porque reconocen en ambos valores los ingredientes esenciales para ser nación.

Pero las injurias cotidianas con hechos y palabras a estos principios por parte de los protagonistas en el ejercicio del poder público, la corrupción y la impunidad rampantes, constituyen una avalancha que arrasa con cualquier viso de credibilidad o de confianza.

Y por supuesto que a toda esta debacle contribuyen con largueza muchos medios de difusión pagados exprofeso. Pero el escollo mayor lo constituye la ausencia de un programa sencillo, inteligente, que recoja los problemas actuales y ofrezca para ellos soluciones claras y posibles. Solo cuando hay de esto se puede empezar a resolverlos. No es con confusión o con oportunismo como se solventan las dificultades. No se trata de hacer demagogia sino de salvaguardar los derechos más elementales de la convivencia entre los mexicanos, que hoy por hoy se los están llevando al abismo la vorágine de ambición y voracidad de políticos frívolos, corruptos e irresponsables, que ocupan los espacios en donde se toman las decisiones que hunden o salvan a una nación.

Los partidos políticos necesitan regenerarse, es esencial que demuestren madurez, que enseñen que tienen voluntad política, es decir, que son capaces de pasar del enfrentamiento a la conciliación, y hacer del diálogo, la tolerancia, la negociación y el acuerdo, un ejercicio que acote el protagonismo irresponsable y la soberbia. Estas son las prácticas que deben procurarse, porque son las que fomentan la unidad, entendida no como unanimidad, sino como sentimiento de pertenencia a un estado democrático que a todos ampara y que obliga a participar, sin distinguir afiliación política o de cualquier otra naturaleza, y sin excluir a nadie.


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