Ejemplo inspirador

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La ausencia de Carlos se padece hoy más que nunca. Nuestra realidad es brumosa, nuestra vida pública está fragmentada y la ciudadanía tiene miedo.

El pueblo mexicano está fascinado por los
c
audillos.  La democracia es construcción cultural
ajena a nuestra naturaleza.

Carlos Castillo Peraza

El pronóstico para el año 2018 parece dramático. Contenderán Rafael Moreno Valle por el PAN, Manlio Fabio Beltrones por el PRI, Andrés Manuel López Obrador por Morena y Miguel Ángel Mancera por el PRD. Así de grave es la amenaza que se cierne sobre el pueblo de México.  No son cuatro opciones diferentes, pues corresponden al prototipo del político mexicano con sus ancestrales vicios y carencias. Personajes autoritarios, más preocupados por la próxima elección que por la próxima generación, aunque esto parezca lugar común, sin una conformación política cultural de largo aliento y dispuestos a hacer todo para alcanzar sus propósitos. En resumen, les falta esencia, naturaleza, carácter auténtico de liderazgo democrático.

 

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En busca de algunas luces, veamos un poco hacia el pasado.  Hay hombres que a la distancia crecen, su ejemplo inspira y su legado orienta. A 15 años de su fallecimiento, Carlos Castillo Peraza nos sigue dando ejemplo con su profundo amor por enseñar, sus lecciones claves para enfrentar los retos de hoy; su preocupación por la integridad, por sostener sus convicciones, por defender con pasión sus ideales, por ser congruente con sus creencias. Qué celo tenía por la palabra empeñada, qué enorme inconformidad por las carencias de toda índole de nuestra clase política.  Comparto algunas reflexiones.

 

Dirigió un partido al que le quiso imprimir un sello diferente, de distinción. Veía al PAN como vanguardia de las mejores propuestas, pero también como refugio de nuestras más caras tradiciones. El amor por su partido lo llevó, inclusive, a renunciar a sus filas, al cual aportó textos coherentes de principio a fin, inspirados en una doctrina diáfana y sencilla, como la concibieron los fundadores de ese instituto político.

 

Fue un hombre erudito, acudía siempre a referencias de grandes pensadores, pero no se quedaba en la repetición mecánica del conocimiento. Con aguzado talento, lo remitía al caso concreto, a la circunstancia específica, al dilema que cotidianamente se da en la política.  Su vida, pues, fue una tensión permanente entre el deber, el ideal y el desempeño de todos los días en las tareas que se asignaba.

 

A muchos temas nos remite la personalidad de Carlos. Me quedo con algo que siempre retendré con alegría y gratitud: su calidad humana reflejada en un gran sentido del humor.

 

Mucho daño le ha hecho la solemnidad a la política. Se ha abierto un gran abismo entre dirigentes y ciudadanía. Los rituales cerrados han ahogado la espontaneidad y el trato amable en la cosa pública. Jamás Carlos, aun en sus peores arrebatos de enojo, perdió el amor y el respeto al prójimo, percibir el dolor ajeno y buscar soluciones a los problemas sociales. Es decir, el núcleo del humanismo político.

 

La ausencia de Carlos, como de otros destacados mexicanos, se padece hoy más que nunca. Nuestra realidad es brumosa, nuestra vida pública está fragmentada y la ciudadanía tiene miedo. Parece ocioso ya referirnos a todos nuestros males, la literatura es abundante y los diarios acontecimientos nos caen con su enorme pesadumbre. Necesitamos algún signo de esperanza y algún motivo de optimismo, por eso leo y releo a Castillo Peraza, pero lo que hago con más frecuencia es recrear las muchas oportunidades que él generosamente me brindó, las conversaciones que tuvimos, una de las formas más bella de acercamiento entre seres humanos.

 

Carlos nos hace mucha falta. Necesitamos seguir su ejemplo. Evocar en estos momentos la vitalidad de sus palabras y sostenerlas en la memoria permanentemente.


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