Ébola

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El ébola llegó al continente americano el mes de septiembre. Thomas Eric Duncan volaba de Liberia a Texas para visitar a su familia. Al llegar a Estados Unidos —pasando antes los filtros sanitarios que se encuentran en el aeropuerto— Duncan se dirigió al hospital ante el malestar estomacal y dolor de cabeza que presentaba.

El hospital lo dio de alta el mismo día, sólo para ingresarlo tres días después por complicaciones en sus síntomas. Días más tarde, Duncan moriría víctima del ébola, una enfermedad que aún no cuenta con un tratamiento que revierta sus efectos, que ha generado una declaratoria emergencia internacional por parte de la OMS y que tiene a buena parte del mundo en alerta sanitaria con la finalidad de evitar la entrada del virus en sus fronteras.

El descuido de las autoridades sanitarias del país norteamericano y del mismo Duncan, al no declarar con certeza su cercanía con la enfermedad, tienen hoy a EU en total alarma. Y es que la incertidumbre que acompaña a esta enfermedad, de la que nadie conoce aún su cura, se complementa con otros dos contagios más en el país, dos enfermeras que trataron a Duncan, una de ellas, sin ningún tipo de precaución, abordó un vuelo a Denver poniendo en riesgo a más de 162 pasajeros que viajaban con ella.

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El virus del ébola fue identificado por primera vez en 1976 en la República del Congo, hoy a casi 40 años de su aparición, Estados Unidos y varios países de Europa (Alemania y España) sufren las consecuencias de no haber tomado medidas certeras en contra de la propagación de este virus en sus territorios.

Los casos que hoy existen han cobrado importancia  debido a que ponen de manifiesto la facilidad con la que en un mundo globalizado la enfermedad puede llegar a cualquier parte del mundo. Más allá de eso, pone en evidencia la falta de controles ante un virus que puede tener consecuencias no sólo sanitarias, sino también económicas.

Según la OMS, hacia mediados del mes de octubre de 2014 se habían registrado 8400 infecciones y 4033 muertes en todo el mundo, y aunque la problemática principal se encuentra en África, una región con todas las carencias económicas y de salubridad en las que se puedan pensar, es obligatorio decir que el hecho de que el virus haya llegado hasta América se debe a errores de filtros sanitarios y falta de atención en países con pocos recursos que carecen de las herramientas para tratar este tipo de virus.

Sin embargo, la responsabilidad no sólo se le puede adjudicar a las aduanas y autoridades de gobierno de estos países, la OMS, el órgano principal de salud en el mundo, lleva décadas subestimando este virus y, junto con los países del primer mundo, han dejado pasar varios brotes de la enfermedad sin ninguna medida de control o protocolaria que pueda prevenir la propagación y detener el cruce, incluso, de océanos.

Hoy el mundo se enfrenta a un nuevo brote del virus, pero esta vez México, y el resto de los países que aún no presentan ningún caso de contagio, no pueden caer en la displicencia. Los contagios fuera de África son clara muestra de que cualquier nación está expuesta. Por ello, todos los países tienen la obligación de trabajar unidos en una cura inmediata contra una enfermedad que, desde mediados de la década de los 70, han hecho a un lado.

Hoy más que nunca los países mejor desarrollados deben voltear su atención hacia los que más carencias tienen, pues de este compromiso depende la prevención del desarrollo de virus desconocidos. Es el momento de hacer uso de los avances tecnológicos y de investigación con los que hoy cuenta el primer mundo, con el fin de evitar el surgimiento de una nueva pandemia en pleno siglo XXI, una enfermedad que podría cobrar millones de vidas como en algún momento lo hizo la varicela, el sarampión y la peste negra.


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