Caímos en la trampa. Y de cabeza, como quien pisa una cáscara de plátano en plena avenida.
Toda la algarabía en redes, columnas, videos y comentarios sobre la revocación de la visa de Andrés Manuel “Andy” López Beltrán no le hizo ningún daño. Al contrario: le sirvió en bandeja de plata lo que necesitaba. Él mismo soltó la noticia, se puso al centro del ring y de la noche a la mañana pasó de ser “el hijo de” a un personaje con nombre propio. En política, eso no se compra: se fabrica.
No fue casualidad. Venía de renunciar a la secretaría de Organización de Morena después del escándalo por los costos de afiliar a nueve millones de nuevos militantes y de los resultados flojos en elecciones como la de Coahuila. Luego el viaje a Japón “después de extenuantes jornadas”, el hotel de lujo y la cena de casi treinta mil pesos. Como si no bastara, una encuesta de México Elige de febrero de este año lo colocó como el político con peor opinión: 75.4 por ciento de rechazo, por encima de Cuauhtémoc Blanco y de Adán Augusto. Y para rematar, las revelaciones periodísticas de mayo sobre la investigación estadounidense que señalan a Andy y a su hermano Gonzalo Alfonso como receptores de recursos de una estructura financiera operada por Enrique Díaz Vega, el exsecretario de Administración y Finanzas de Sinaloa, hoy en Estados Unidos junto al gobernador Rubén Rocha Moya y otros coacusados.
Con ese historial, ¿quién no buscaría un golpe de visibilidad? La visa se convirtió en el mejor anuncio de campaña anticipada rumbo a 2027. Mientras unos se rasgaban las vestiduras y otros se frotaban las manos de gusto, Andy conseguía exactamente lo que quería: que lo conocieran, que hablaran de él y que lo posicionaran como posible heredero del liderazgo de la 4T. En términos electorales, oro puro.
La ironía es que el mismo sistema mediático y digital que tanto lo critica terminó haciendo el trabajo de difusión gratis. Él tiró el anzuelo, todos picamos y ahora el pez nada contento. No se trata de defender a nadie ni de justificar sospechas. Se trata de reconocer la jugada: cuando un político con poca simpatía pública decide convertirse en noticia por voluntad propia, casi siempre hay un cálculo detrás.
Al final, la lección es vieja como la política mexicana: a veces el escándalo no destruye, posiciona. Y nosotros, tan listos, tan críticos, tan conectados, caímos redonditos. Como siempre.


















