Demagogia y populismo

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En su clasificación de las formas buenas de gobierno y sus desviaciones, Aristóteles advertía que la demagogia era la degeneración de la República. El “gobierno de los muchos” en oposición al “gobierno de la mayoría”. “Si la libertad y la igualdad son (…) las dos bases fundamentales de la democracia, cuanto más completa sea esta igualdad en los derechos políticos, tanto más se mantendrá la democracia en toda su pureza”.

Sin embargo, el principio de la igualdad numérica debía ser completado para evitar que los muchos cancelaran los derechos de los pocos, se apropiaran de sus bienes o sustituyeran la ley por los “decretos populares”. La tiranía acecha en las habilidades de los demagogos: para sustituir la soberanía de las leyes, dice Aristóteles, los demagogos “someten todos los negocios al pueblo, porque su propio poder no puede menos que sacar provecho de la soberanía del pueblo de quien ellos soberanamente disponen, gracias a la confianza que saben inspirarle”.

El riesgo de la demagogia se aloja en la médula del sistema democrático, en la mecánica de agregación de voluntades. Para adquirir poder o provocar una decisión se requiere persuadir a otros, influir en sus preferencias e intereses, conectar con los prejuicios, emociones, miedos y esperanzas de los individuos. En su versión idealista, la democracia es la interacción racional entre sujetos dotados de la capacidad para formular y aceptar argumentos, desmenuzar problemas, identificar soluciones. Pero en su existencia fáctica, esa interacción está sujeta inevitablemente a un contexto de información imperfecta, condicionantes materiales y a una profunda subjetividad en el juicio personal. Los humanos nos equivocamos de forma predecible, respondemos a previsiones sesgadas y defectuosas, vivimos atados a la inercia. El gobierno de la opinión, como decía John Stuart Mill, es la corte de los aduladores, la tribuna de los demagogos, el mercado de los publicistas.

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Pero, en términos modernos, la demagogia no es una expresión equivalente a populismo. Todo populista es un demagogo, pero no todo demagogo es un populista. El populista usa los recursos retóricos de los demagogos para suplantar el régimen democrático a nombre del pueblo. Su pretensión es instaurar el gobierno omnipresente de uno, cercenar libertades, asfixiar la pluralidad, dislocar los controles. Mientras que el populista pretende hacerse del Estado bajo la reivindicación de la injusticia de clases y una pretendida radicalidad democrática, el demagogo pretende, a veces, propósitos más modestos: influir en la opinión pública para alterar los equilibrios de poder en el marco de instituciones formalmente democráticas. Por eso, no necesariamente reivindica la supremacía del pueblo, ni la refundación moral de la sociedad o el establecimiento de un nuevo orden político. El demagogo se aprovecha del estado de ánimo social para ganar una elección, legitimar su posición, provocar una decisión o sustituir un procedimiento. Por eso puede bordar en una diferencia identitaria o en la prevalencia de una cultura; en un desequilibrio fiscal o en una carga social; en un privilegio plutocrático o en el beneficio de todas las clases. En esa neo-demagogia democrática no es difícil ver a Cameron y su posición contra la migración europea; Podemos y su lucha de castas; Tsipras y su referéndum para el impago de la deuda; Trump y su bravata contra la migración mexicana, pero también a todos los republicanos y demócratas que han callado por cálculo electoral.

Si el populismo destruye a la democracia, la demagogia debilita su calidad como razón pública. El primero, es un franco desafío a la democracia y la instauración de un régimen autoritario; la segunda, una estrategia para desvanecer la racionalidad de las decisiones colectivas. El populismo es la amenaza a la subsistencia democrática; la demagogia, como mentira tolerada e institucionalizada, es la causa generalizada de la insatisfacción social sobre sus resultados, el origen del desapego, una causa eficiente de la actual irritación sobre el modelo representativo de gobierno.

Menospreciar la demagogia en la política democrática es el primer paso para la instauración de los populismos u otras formas autoritarias. Y, también, el primer deber de los demócratas para evidenciar a los que nos creen idiotas.


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