Declina el ciclo populista sudamericano

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Los sistemas políticos, económicos y sociales suelen transitar por cinco fases: nacimiento, desarrollo, auge, declinación y caída

El soplamocos que los ciudadanos venezolanos le propinaron al régimen bolivariano de Nicolás Maduro es un signo de los tiempos. La oposición, aglutinada en la Mesa de Unidad Democrática (MUD) obtuvo la mayoría calificada en la Asamblea Nacional. El partido oficial, Socialista Unificado (PSUV) quedó en minoría. El ocaso de la tendencia populista se observó previamente en Argentina, con la victoria de la resistencia al kirchnerismo.

Los sistemas políticos, económicos y sociales suelen transitar por cinco fases: nacimiento, desarrollo, auge, declinación y caída. Entre las dos últimas a veces se produce una etapa de renacimiento. No hay ley que defina el tiempo para cada una de ellas, su duración depende de muchas variables, entre las determinantes, la situación económica.

El talón de Aquiles de los populismos es su fracaso económico, contienen en sí mismos el germen de su ruina. Ninguna nación puede sobrevivir sin inversión y trabajo productivo, no importa que posea inagotables recursos naturales o goce de condiciones geopolíticas privilegiadas. La historia registra numerosos modelos populistas de izquierda y derecha —para el caso es lo mismo— caracterizados por la inflación galopante, desesperante escasez y lastimosa distribución de la pobreza.

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Venezuela es la mejor vitrina de la fuerza destructiva del populismo. País rico, bendecido con yacimientos petroleros, después de tres lustros de chavismo hoy vive una de las peores experiencias de su historia: carestía, devaluación, desabasto de alimentos, inseguridad, delincuencia y represión política. Son los frutos naturales de una ideología que se proclama defensora de los pobres, aderezada con demagogia antiimperialista y estatista, encarnadas en un caudillo mesiánico y autoritario. La fiesta se disfrutó un tiempo, pero más temprano que tarde llegó la hora de pagar la cuenta. Entonces el gozo se fue al pozo. El apoyo popular se convirtió en protesta callejera y los aplausos al sucesor del ídolo de las masas se transformaron en votos de repudio.

Los observadores mexicanos que asistieron este fin de semana a las elecciones, narran sus experiencias en ese caótico populismo decadente. Los abultados precios y la falta de circulante de alta denominación obligan a portar el dinero en grandes fajos para pagar el consumo cotidiano. El mismo colapso económico e hiperinflación lo tuvo el régimen nazi. La historia es maestra, lamentablemente casi nadie la recuerda.

A pesar de que una y otra vez los populismos causan los mismos desastres, los pueblos se tropiezan con la misma piedra. De tiempo en tiempo cautivan a los pueblos y se instalan en el poder. No hay un patrón único que explique su aparición y ascenso, sin embargo, uno de los elementos que suele estar presente en el contexto del que surgen, es el derrumbe de la legitimidad en las instituciones y el desprestigio de los dirigentes políticos que lo preceden. Por esa fractura entre ciudadanos y sistema se filtra exitosamente el discurso que explota los sentimientos y frustraciones populares.

Antes del arribo del bolivarianismo la democracia venezolana se desacreditó por la corrupción de los gobiernos de adecos (socialdemócratas) y copeianos (demócratas cristianos). En ese escenario emergió un supuesto ángel justiciero que en términos reales no resolvió nada y empeoró las cosas. Al paso de los años la ilusión se convirtió en pesadilla. Una nueva generación de líderes democráticos ganó el domingo, aún les falta superar obstáculos para reconstruir su sistema de libertades y el desarrollo económico. La comunidad internacional debe solidarizarse con su esfuerzo y disuadir cualquier intento de contraofensiva autocrática.


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