De las utilidades criminales: Los capos, pobres millonarios

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Por Carlos Ramírez

 Un lado especial del perfil del crimen organizado, con nociones más sociológicas que de seguridad, no parece atraer la atención de analistas u observadores: la acumulación de utilidades que deja la droga y el uso que hacen de esos recursos los grandes capos.

Hasta ahora no se ha realizado ningún estudio sociológico que analice las razones personales de largo plazo de los jefes de bandas delictivas. En Colombia, se dio el caso de que el gran capo Pablo Escobar Gaviria fue legislador y tenía el sueño guajiro de ser presidente de la nación. En México, en cambio, los jefes delictivos prefieren comprar a políticos y gobernantes y hasta ahora no se ha detectado a ninguno de ellos concierta intencionalidad política.

Aunque pudiera usarse cualquier otro ejemplo, el caso de Joaquín Guzmán Loera El Chapo podría servir para ilustrar un enfoque sobre los liderazgos criminales. No hay datos concretos, pero llegó a circular en Estados Unidos la expectativa de que la fortuna personal del capo del Cártel de Sinaloa podría haber llegado a 16,000 millones de dólares por actividades delictivas a lo largo de treinta años.

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La liquidez monetaria de los capos es inconmensurable, pero sin capacidad o posibilidad de darle una utilidad práctica: los líderes criminales carecen de cultura, sus hábitos alimenticios son estridentes y vulgares, su vestimenta es ranchera, sus casas carecen de diseño interior, su dinero no puede ser procesado en el sistema financiero, su familia no puede ostentar la riqueza y buena parte de las utilidades criminales se tiran al caño de la corrupción de políticos, funcionarios y fuerzas de seguridad. Eso sí, gastan dinero en armas con pieles preciosas, relojes especiales y amantes al por mayor.

El Chapo Guzmán tenía especial debilidad por el mundo del espectáculo y ahí cometió el error que lo tiene en prisión de por vida: conocer a la actriz Kate del Castillo, llevarla a una de sus guaridas y permitir que oficinas policiacas de seguridad lo ubicaran y lo arrestaran. Pero nada más.

Desde su primera fuga en 1993, Guzmán Loera anduvo escondido y a salto de mata, sin posibilidad de usar las utilidades de sus crímenes y con dinero despilfarrado en busca de complicidades, escondido como animal en el campo salvaje. Su esposa oficial vivía a la luz pública con la imagen de estar alejada de actividades criminales y por ello pudo colocarse en la atención mediática del star system y moverse con libertad; sin embargo, autoridades judiciales de Estados Unidos elaboraron expedientes para acusarla de participar en el liderazgo criminal del cártel de su marido, fue arrestada, enjuiciada y sentenciada a varios años de prisión…, con todo y joyas y vestidos.

Los capos del crimen organizado han demostrado que en realidad el crimen sí paga y paga muy bien, pero al mismo tiempo han evidenciado que los recursos de las utilidades criminales nunca han sido usados por los grandes jefes para comprar con seguridad su libertad ni para disfrutar la riqueza como lo hacen otros grandes ricos.

La lógica de la riqueza se convierte en un absurdo social de los jefes criminales y sus familias; los hijos de los capos, por ejemplo, no pueden comprar autos lujosos, casas en zonas de alto nivel social, fiestas con asistencia del ya conocido y popularizado jet set y su destino histórico es el de convertirse en jefes menores del narcotráfico para seguir generando riquezas que otros sí saben disfrutar. Los hijos del Chapo viven las mismas restricciones que tuvo su padre en cuanto a desenvolvimiento social y solo se conforman con francachelas en cantinas de mala muerte, pagando protección e impunidad y gestionando sus bandas criminales para que las utilidades enriquezcan a otros fuera del círculo delictivo que sí pueden ostentar los beneficios de la corrupción.

Los ingresos económicos criminales tienen dos fuentes directas: la venta de drogas y el cobro de protección a ciudadanos y empresas. A lo largo de poco más de cuarenta años de actividad criminal en México no se ha percibido la construcción de una clase social delictiva con reglas de socialización. Las historias de los principales capos revelan la existencia de esposas sumisas, de amantes estridentes y de hijos hundidos en el mundo criminal de la droga, el alcohol y el despilfarro, sin que ningún capo se haya preocupado por enviarlos a realizar estudios de alto nivel para llevar a los cárteles a estructuras empresariales y financieras sofisticadas.

Otros casos han sido registrados: Nemesio Oseguera Cervantes El Mencho tiene el liderazgo del poderoso y multimillonario Cártel Jalisco Nueva Generación y ostenta una organización armada amplia, pero tiene que andar a salto de mata escondiéndose de fuerzas de seguridad de México y Estados Unidos, con las circunstancias agravantes de que la DEA ha establecido una recompensa de 10 millones de dólares por información que lleve a su arresto.

José Antonio Yépez Ortiz El Marro creó el cártel huachicoleo de Santa Rosa de Lima y acumuló una enorme fortuna que no le sirvió de nada para huir de las autoridades ni tampoco le sirvió para ascender en una escala social personal. Y el caso de Ismael El Mayo Zambada tampoco es diferente: como compadre del Chapo se ha hecho cargo de la administración del Cártel de Sinaloa y de supervisar a los hijos del capo encarcelado, pero tiene que permanecer escondido en ranchos que no le permiten disfrutar su dinero.

En este sentido, los capos del crimen son multimillonarios, pero suelen vivir en situaciones de deterioro social.

 Zona Zero

·       La reanudación de operativos de seguridad en Colima, Quintana Roo, Zacatecas y Guanajuato es una evidencia de que el modelo de no persecución de capos y cárteles no dio los resultados esperados. Pero el desplazamiento de partidas especiales tiene dos inconvenientes: tiene que usar efectivos que estaban en otras zonas porque ya no hay tropa disponible y no parece existir alguna estrategia de desmantelamiento de estructuras criminales.

El autor es director del Centro de Estudios Económicos, Políticos y de Seguridad.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no de la publicación.
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