La política mexicana vive inmersa en una paradoja asfixiante. Mientras los indicadores de violencia y desigualdad pintan un panorama sombrío, el discurso oficial y la agenda pública parecen orbitar exclusivamente alrededor de un eje: la contienda electoral. Morena, el partido en el poder, ha logrado imponer una narrativa en la que la prioridad no es gobernar, sino perpetuarse. Este enfoque, lejos de resolver las demandas históricas de la sociedad, ha generado un vacío de gestión y una parálisis institucional que amenaza con erosionar los cimientos de la democracia mexicana.
La seguridad pública, una de las principales preocupaciones de los mexicanos, es el ejemplo más palpable de esta desconexión. Las cifras de homicidios y desapariciones siguen siendo alarmantes, y la estrategia de «abrazos, no balazos» ha demostrado ser ineficaz. Sin embargo, en lugar de un debate serio y constructivo sobre cómo abordar este problema, el discurso oficial se centra en la defensa a ultranza de la estrategia y la descalificación de las críticas. La prioridad no es encontrar soluciones, sino evitar que la inseguridad se convierta en un lastre electoral.
En el ámbito económico, la situación es similar. A pesar de los esfuerzos por reactivar la economía, el crecimiento sigue siendo anémico y la inflación golpea el bolsillo de las familias mexicanas. Sin embargo, en lugar de políticas públicas que fomenten la inversión y el empleo, el gobierno se concentra en programas sociales que, si bien son necesarios, no abordan las causas estructurales de la pobreza y la desigualdad. La prioridad no es generar riqueza, sino redistribuirla de manera clientelar para asegurar el apoyo electoral.
La salud es otro sector que ha sufrido las consecuencias de esta prioridad electoral. La pandemia de COVID-19 evidenció las carencias del sistema de salud, y la falta de medicamentos y equipos sigue siendo un problema grave. Sin embargo, en lugar de invertir en infraestructura y recursos humanos, el gobierno se concentra en la construcción de obras faraónicas que, si bien tienen un alto impacto mediático, no responden a las necesidades reales de la población. La prioridad no es salvar vidas, sino generar obras que se traduzcan en votos.
La centralización del poder y la erosión de las instituciones son otras de las consecuencias de esta hegemonía electoral. Morena ha buscado controlar al INE y otras instituciones autónomas, argumentando que son parte de la «mafia del poder». Sin embargo, esta búsqueda de control no responde a un deseo de mejorar la transparencia y la rendición de cuentas, sino a un deseo de asegurar que los procesos electorales sean favorables al partido en el poder. La prioridad no es fortalecer la democracia, sino asegurar la continuidad del proyecto político de Morena.
En resumen, Morena ha logrado imponer una agenda en la que lo electoral es prioritario, no la búsqueda de soluciones para las principales preocupaciones de los mexicanos. Este enfoque, lejos de resolver los problemas históricos de la sociedad, ha generado un vacío de gestión y una parálisis institucional que amenaza con erosionar los cimientos de la democracia mexicana. La política mexicana vive inmersa en una paradoja asfixiante, donde la prioridad no es gobernar, sino perpetuarse.



























