Baches

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Ignoro el origen de la palabra bache. El diccionario le asigna varios significados: “agujero o desnivel en la superficie de un camino”; “disminución o interrupción pasajera en el progreso de una actividad”; “momento difícil en la vida de una persona”; “diferencia brusca en la temperatura y la dirección de las corrientes de aire que provoca rápidos descensos en la altura de vuelo de un avión”. Tropezamos con ellos continuamente. Están en las calles por donde transitamos, surgen en la actividad económica y aparecen uno tras otro en la política.

Para comenzar hablemos de los pavorosos cráteres de todas dimensiones que abundan en las avenidas de nuestras ciudades. Nunca se habían visto tantos hoyos en la vías públicas. Las arterias del país están destrozadas, son de vergüenza. Revelan la degradación en la que han caído las autoridades locales, incapaces de atender este problema cuya resolución mas que gran ciencia requiere sentido de servicio y decoro.

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Los baches son pústulas que manifiestan la corrupción que impera en las administraciones municipales. Bien lo escribió hace algunas semanas Carlos Arce (a.m. León): los moches jugosos están en otros tipos de obras públicas, y como el bacheo deja solamente pipitilla para embolsarse, nadie muestra empeño por estos trabajos. Los baches se multiplican en la misma medida que avanza la corrupción.

En Naucalpan, en la avenida donde resido, otrora un hermoso paseo de frondosos eucaliptos ahora convertido en una congestionada vía, se cuentan desde no menos de 25 monumentales baches que aumentan de tamaño y profundidad día con día. En la ciudad de México no cantan mal las rancheras, ahí también los forúnculos de la rapiña se exhibe por todos los rumbos y de tales pústulas no se escapan ni las calles de las colonias pirruris.

Pasemos ahora a los socavones económicos. Las proyecciones de crecimiento que hizo el gobierno para el ejercicio 2014 no resistieron ni el primer trimestre. El trascabo de la reforma fiscal abrió un hoyo por donde se hundió todo el optimismo y el PIB estará por debajo de lo mediocre. Luego vinieron otras calamidades: el mercado petrolero entró en una nueva dinámica; tiró los precios del crudo de cuya venta se obtienen los recursos para fondear la tercera parte del gasto gubernamental. Pese a que tal quebranto no tuvo efectos ruinosos en las finanzas públicas de este año y por las coberturas adquiridas su impacto se resentirá hasta 2016, el nuevo panorama de los hidrocarburos enfrió el entusiasmo por las cuentas alegres sobre las que la administración sustenta sus planes de exorbitantes gastos sexenales. No estamos lejos de que se reedite la historia lopezportillista de la administración de la abundancia, con todo lo que significa. Devaluación flotante, inflación al alza y peligrosa hinchazón de la deuda pública, son otros boquetes abiertos en el piso económico del país.

Un bache grande y peligroso es la crisis de credibilidad en la que el gobierno sigue atorado. Ante la contestación popular por los crímenes de Tlatlaya e Iguala, la inseguridad, violencia y corrupción, con señalamientos directos al Presidente, a su círculo cercano de amigos colaboradores e inversionistas privilegiados, el carro federal produce ruido como si estuviera avanzando pero no se mueve del mismo lugar. Apuesta al olvido, al cansancio, a la cooptación de sus críticos y a los recursos que reparte abiertamente y bajo cuerda para salvar el agujero.

Un bache de acuerdo a sus diversas acepciones es algo limitado o temporal y puede causar daños leves o males graves: un incómodo brinco, una ponchadura de llantas o una fatal volcadura. En cualquier caso urge que comiencen los trabajos de bacheo en todos los ordenes de la vida nacional.


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