Auschwitz: la importancia de no olvidar

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Por: Juan Ignacio Zavala

El día de ayer se cumplieron 77 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz, ubicado en Polonia. La liberación por parte de los aliados, concretamente los soviéticos, de ese lugar de la infamia humana marcó un episodio fundamental en la historia del siglo 20. Auschwitz es el horror, es el espejo en el que vemos los niveles de crueldad y ruindad a los que somos capaces de llegar los seres humanos. Recordar el exterminio de seres humanos a manos de otros es de vital importancia para no olvidar que el mal anida en nosotros como habitantes de la Tierra. Recordarlo es también evitar el olvido y la normalización de lo que sucedió cuando un grupo decidió exterminar a otro ante la indiferencia, el pasmo y la impotencia de otros. Recordarlo es saber que anida en todas partes, siempre escondido ese afán de aplastar y dominar. Por eso, ahora que las redes sociales todo lo banalizan, hay que evitar el uso del término “nazi” para cualquier cosa y como adjetivo general, pues solamente sirve para banalizar el asesinato de millones de personas.

Hay mucha literatura sobre los campos de exterminio nazis. Primo Levi, escritor italiano que fue recluido en un campo de concentración del complejo de Auschwitz y que sobrevivió para contarlo, escribió una trilogía de Auschwitz: Si esto es un hombreLa tregua y Los hundidos y los salvados. Libros que son estudio y testimonio. Levi vivió muchos años después del Holocausto hasta que murió en lo que se califica como suicidio, pero sigue siendo un misterio. De Los hundidos y los salvados, van estos subrayados.

“Rodeado por la muerte, muchas veces el deportado no estaba en condiciones de valorar la magnitud de la aniquilación que se estaba llevando a cabo ante sus ojos. El trabajador que hoy trabajaba a su lado, mañana había desaparecido: podía estar en la barraca de al lado o borrado del mapa; no había posibilidad de saberlo. Se sentía, en resumen, dominado por un enorme edificio de violencia y amenaza, pero no podía formarse una imagen de él porque tenía los ojos pegados al suelo por las vitales necesidades cotidianas de cada minuto”.

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“Quien ha sufrido el tormento no podrá ya encontrar lugar en el mundo, la maldición de la impotencia no se extingue jamás. La fe en la humanidad, tambaleante ya con la primera bofetada, demolida por la tortura luego, no se recupera jamás”.

“(el poder) Degrada a sus víctimas y las hace semejantes a él porque impone complicidades grandes y pequeñas. Para resistirlas se necesita un sólido esqueleto moral”.

“La intolerancia tiende a censurar, y la censura acrecienta la ignorancia de las razones ajenas y, por consiguiente, la propia intolerancia: es un círculo vicioso muy rígido y muy difícil de romper”.

“¿Y si los que se proponían aniquilarlo a uno hubiesen tenido razón, en vista del hecho innegable de que ellos eran los mas fuertes? De este modo, la fundamental tolerancia espiritual y la duda metódica del intelectual se convertirían en factores de autodestrucción”.

“No sólo en los momentos cruciales de las selecciones o de los bombardeos aéreos, sino también en el suplicio de la vida diaria, los creyentes vivían mejor; ambos, Améry y yo, lo hemos observado. No tenía ninguna importancia cuál fuese su credo religioso político. Sacerdotes católicos o protestantes, rabinos de las distintas ortodoxias, sionistas militantes, marxistas ingenuos o maduros, testigos de Jehová, estaban unidos por la fuerza salvadora de su fe”.


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