Andares de un pato

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El presidente Peña debe definir sus objetivos. La narrativa de las reformas es insuficiente.

Tras las elecciones de noviembre pasado en las que al Partido Republicano confirmó su mayoría en el Congreso de los Estados Unidos, parecía que Barack Obama se convertiría en un pato cojo, en un Presidente con poco o nulo poder y sin capacidad política para acometer objetivos. La gran apuesta por un modelo público y universal de salud (Obamacare) quedó enredada en la polarización ideológica. Sus bondades siguen lejos de la calle. La Reforma Migratoria se había estrellado en la pared de la oposición conservadora. Las acciones ejecutivas en migración sufrieron sus primeros reveses judiciales y no mejoraron la aprobación del Presidente. La atención empezó a centrarse en las aspiraciones de unos y otros en ambos bandos partidarios. La hazaña de haber roto el techo de cristal para los afroamericanos y la persuasiva convocatoria del “sí podemos”, quedaban opacadas por el mediocre desempeño de la economía norteamericana y por la pérdida de liderazgo en el mundo. Sin agenda, sin aliados, acosado por sus propias circunstancias, Obama iniciaba el largo camino hacia la defenestración, la irrelevancia y el olvido.

Pero Obama está dispuesto a gobernar hasta el último día. La derrota electoral no lo arrodilló frente a sus adversarios. Respondió al cerrojazo republicano con los instrumentales que la Constitución le otorga al Presidente para gobernar sin el Congreso. Tejió paciente y sigilosamente la decisión que, sin lugar a dudas, le garantizará un lugar en la historia: el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba. Obama asumió el riesgo de reconocer que la política de aislamiento hacia Cuba había fracasado. Decidió, pues, un viraje en la última trinchera de la Guerra Fría. Aguantó con serenidad la condena prácticamente unánime de Naciones Unidas sobre el embargo y los reclamos constantes de los países que encontraban en Cuba el ariete discursivo para definirse frente a Estados Unidos. Cedió transitoriamente en la agenda de democratización y de libertades económicas y políticas, a cambio de recuperar influencia en la isla. Leyó con frialdad la oportunidad que abrió la debilidad del tutor venezolano. Construyó una alianza táctica con el Vaticano y con Canadá para dar confianza y credibilidad a los diálogos diplomáticos. El intercambio de prisioneros fue el pretexto para justificar el fin de la mudez y de la sordera. Un pato cojo logró lo que nadie antes se había atrevido a intentar.

El pato cojo no responde a la razón estética. No le importa el espejo. Sabe que la pata no le volverá a crecer y suple sus limitaciones con las alas o el pico. No puede quedarse quieto al acecho de sus depredadores. La inmovilidad es su suicidio. Camina para existir, sin importar si va lento o si su andar no es agradable a los ojos. La cojera es el acicate para la voluntad. La condición que libera del cálculo sobre lo inmediato. La debilidad que obliga a desarrollar los instintos o fortalecer los otros músculos. El pato cojo, en política, puede ver más allá de su entorno porque está en juego su sobrevivencia. Debe volar para salvarse. Su dignidad es la del resistente.

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La circunstancia de Obama es una buena lección para el presidente Peña. La crisis de credibilidad que se generó por la reacción frente a Ayotzinapa, la mala gestión económica, los destinos en seguridad y la percepción de deshonestidad que circunda a su gobierno, le han roto una pata al Presidente. Difícilmente recuperará dosis de legitimidad. Muy probablemente el olvido colectivo no le dé una nueva oportunidad. Los cuatro años restantes pueden ser una larga transición hacia la irrelevancia o, como Obama, la administración de un pato rengo que usa el resto del cuerpo para salir del pantano. Para lograrlo, el presidente Peña debe definir sus objetivos. La narrativa de las reformas es insuficiente. Debe decidir las tres o cuatro cosas que dejará como legado. Debe fijarse propósitos, elegir sus batallas y forjar alianzas. Desprenderse de lo coyuntural para sobrevivir, romper con los compromisos que lo maniatan, sacudirse de quienes por incapacidad o intereses le estorban. Andar para sobrevivir, aunque sea desplumado y con una pata.


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