Análisis: Tiempos de cambio.

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México, es un país con una democracia joven, donde las elecciones han servido para mejorar bajo presión el desempeño político y la eficacia del gobierno, la gran virtud que venimos arrastrando desde inicios de este siglo, es que nadie puede estar seguro de ganar la siguiente elección y acertadamente, nadie puede tener seguridad de que gozará de impunidad al concluir su mandato.

Los mexicanos se han vuelto agudos, escépticos, incrédulos y desconfiados en los ámbitos federal, estatal y municipal. La crítica y la oposición no siempre conllevan una evaluación objetiva de resultados ni de desempeño de nuestros gobernantes.

Lo que la nación requiere es rumbo, visión colectiva, una nueva ruta planeada que no dependa de los partidos políticos, de sus candidatos y de quien encabece el esfuerzo de gobernar. Lo que sigue es mejorar paulatinamente en evaluar los gobiernos en turno y elegir a futuro mejores perfiles para que se gobierne mejor, procurando que sea pensando en el bienestar colectivo como interés superior.

Me parece muy peligroso que entre la fiesta, las máscaras, la imaginación y la gran creatividad de la idiosincrasia mexicana, seguimos creyendo que la política es sólo una agencia de colocaciones, una ocupación de elites, ajena a lo cotidiano, y que el nivel de participación a nuestro alcance es sólo como seguidores, aplaudidores, viviendo de la esperanza, soñando, criticando, envidiando, sin participar activamente en las cosas que repercuten directamente sobre nuestra vida comunitaria, nuestra vida social, nuestra vida familiar. No preocuparnos por que se gobierne mejor, es la principal omisión de nuestro pueblo. El 5% de los mexicanos decide. Otro 15% aspira a decidir y se pone en agitación intentando desbancar y sustituir a los caídos del primer 5%. El resto, viaja a la deriva.
Respalda verdades mediáticas, consignas mercadológicas. Se come todas las cabezas de los diarios sin indagar ni explorar fuentes, datos ni hechos veraces.

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El momento socio político actual se caracteriza por mostrar un mundo bizarro donde el simplemente exige cambios, que rueden cabezas, deseando que unos pierdan sin prever que harán los que ganen. Cambiar sin proyecto de nación es temerario. Todo cambio debe hacerse con la intención de mejorar. Cambiar sin ruta, sin proyecto definido antes, es un salto al vacío que fácilmente puede desembocar en crisis.

En forma ideal, partidos, candidatos, aspirantes y sociedad en general, deberían procurar encontrar puntos de coincidencia, discutir racionalmente acordando agenda común, delineando un proyecto asertivo de futuro, para hacerlo realidad, partiendo de la necesidad de cubrir asuntos amplios, de beneficio colectivo, para devolverle a México certeza en el próximo gobierno donde exista mayor confianza en los gobernantes, provengan del partido que sean o independientes si llegara a ser el caso.

Nuestra cultura política debería ampliarse y cultivarse. Comprender que el voto emocional no aporta nada a la solución de los problemas y retos nacionales; difundir que es necesario trabajar en conjunto para alcanzar logros comunes y superar los retos que exigen respaldo de sociedad y gobierno. La participación ciudadana no debe de darse únicamente al votar, sino trazando camino, señalando deficiencias y proponiendo soluciones, coadyuvando en hacer posible superar los rezagos y mejorar el ejercicio del gobierno, dejando atrás lastres dolorosos como la corrupción, la prepotencia, el abuso y el servirse a sí mismo al gobernar, en lugar de servir a la colectividad. El riesgo de vivir engañados, simulando que cambiamos pero quedando igual, es latente. El futuro se define desde ahora.

Construir la democracia implica hacer ciudadanos libres, pensantes, pro activos, informados, involucrados en el pensar, el decir y el hacer público. Sólo así los cambios tendrán sentido, rumbo y utilidad.


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