AMLO y Echeverría en Nuevo León

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Por: Juan Ignacio Zavala

Siempre se ha dicho que López Obrador vive en el pasado, que lo añora. Con su llegada a la presidencia el pasado se convirtió, tristemente, en un destino para el país. López Obrador es el típico hombre desfasado del presente que se la pasa rumiando que “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero ni siquiera eso, porque lo que piensa en realidad es que mientras más lejos el pasado, mejor el tiempo. Vive en el blanco y negro, desprecia la tecnología, los viajes, lo que viene de afuera. Vivamos en el rancho y no salgamos de ahí. El mundo es extraño, desconocido, no hay nada que buscar en esos lugares, todo lo tenemos aquí. Allá afuera hablan otros idiomas que ni entendemos, tienen otras costumbres, no vamos a ser felices si salimos: no importemos mañas ni malas ideas: con las propias tenemos.

En este enorme viaje al pasado que es el gobierno liderado por López Obrador, encontraremos fácilmente su referente básico. Algunos dicen que es como López Portillo –los López, les dicen despectivamente–, pero lo cierto es que el actual carece de la cultura de quien comandó el país al desastre entre 1976 y 1982, pero no sólo eso, AMLO carece de la frivolidad, el gusto por el despilfarro, la suntuosidad y las ínfulas de protomacho de JLP; la palabrería, la demagogia y el cinismo sí los tiene.

Con quien más se asemeja es con Luis Echeverría, que derrochaba nacionalismo, ideas demenciales sobre el mundo, era paranoico y egocéntrico, pensaba en tremendos complots en su contra, razón para la cual necesitaba de enemigos visibles. En eso AMLO y él son idénticos. Verborreico, podía hablar por horas, desesperar a cualquier interlocutor con palabras circulares y cosas sin sentido; a cada momento hacía apologías de lo nacional, desde los antojitos hasta el agua de horchata. En eso también AMLO y él son idénticos. Echeverría pensaba que su trabajo era una entrega sin límite por los más desfavorecidos del país, por los más pobres y, como resultado de su gobierno, dejó más pobres de los que el país hubiera imaginado en esos años. En esto también se parece mucho a AMLO. Y claro, ambos son priistas de los 70.

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Pero hay otra cosa que los iguala: su odio a los empresarios. Y en particular a la clase empresarial de Nuevo León. Ya sabemos que esa fobia de Echeverría culminó en eventos trágicos para el país. Ahora AMLO, que entre sus consentidos del equipo estaba un apologista de los secuestradores y asesinos del líder empresarial regiomontano en tiempos de Echeverría, desata su furia contra los empresarios de ese estado y en general contra el espíritu emprendedor y ciertamente independiente de quienes son originarios de esa entidad, metiéndose a la elección para gobernador, de tal manera, que provoque la anulación de dichos comicios. Es algo que no habíamos visto y más aún porque la candidata del Presidente va en ¡cuarto lugar!

Como se sabe, al igual que Echeverría, el Presidente es un hombre de rencores y de venganzas, reacio a las diferencias de pensamiento prefiere imponer su voluntad que respetar las decisiones de otros. Si a él le bajaron de la elección a su candidato consentido, si a él no le dejan hacer las cosas que él quiere los representantes del conservadurismo y de la visión empresarial, entonces él va a decidir qué es lo que va a pasar en Nuevo León.

Es un asunto muy delicado lo que está pasando en Nuevo León. Es la intromisión del centro en contra de la voluntad de los habitantes de ese estado con toda la carga emocional, ideológica y autoritaria de la que es capaz el Presidente. No es cualquier cosa. Ya es momento de que dejemos de pensar que el Presidente dice cosas por decir, por distraer a los medios. Ésos fueron momentos de ingenuidad que ya no tienen cabida. El Presidente ha pasado a la acción. Ojalá la gente de Nuevo León le ponga un hasta aquí.


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