sábado, junio 13, 2026
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Ambulantes: Calles Secuestradas y Bolsillos Vacíos

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Órale, chilangos, ¿ya se fijaron cómo las banquetas de la CDMX parecen un tianguis eterno? El aumento de vendedores ambulantes no es solo un desmadre de orden público que te obliga a zigzaguear entre puestos de elotes, calcetines y chucherías. Es el espejo cabrón de una crisis de empleo formal que no se resuelve con discursos bonitos. Mientras la informalidad laboral ronda el 55% a nivel nacional y golpea duro en la capital, miles de personas salen a la calle con su mercancía porque en las empresas formales no hay lugar, los salarios no alcanzan o simplemente no hay chamba decente.

Pero aquí viene lo que más encabrona: detrás de muchos de estos puestos operan organizaciones que cobran “derecho de piso”. No es un mito urbano. Son redes que lucran con el espacio público, cobrando cuotas a los vendedores por “proteger” su lugar. El ciudadano común, el que solo quiere caminar sin tropezarse con cables, basura o puestos que invaden la vialidad, termina pagando el pato dos veces: con la incomodidad diaria y, de manera indirecta, con impuestos que deberían servir para ordenar la ciudad, no para tolerar el caos.

Las autoridades, como la jefa de Gobierno Clara Brugada, han prometido reordenamiento en el Centro Histórico: retirar miles de ambulantes de las calles principales, reubicarlos en plazas y liberar vialidades de cara al Mundial 2026. Se habla de avances, decomisos y acuerdos. Suena bien sobre el papel, pero en la realidad las calles siguen abarrotadas, las quejas de vecinos y comerciantes establecidos no paran, y la basura y la fauna nociva se multiplican. ¿Será que el reordenamiento es real o solo otra foto para la prensa?

El problema es estructural. Sin empleo formal suficiente, la gente sobrevive como puede. Sin control efectivo sobre esas organizaciones que viven del “piso”, el ambulantaje se convierte en negocio para unos cuantos líderes y dolor de cabeza para la mayoría. Nadie niega el derecho al trabajo, pero tampoco se puede aceptar que la calle pública se privatice de facto.

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Al final, esto no se arregla solo con operativos ni con permisos eternos. Hace falta generar empleos de verdad, aplicar la ley sin favores y recuperar el espacio que es de todos. Mientras tanto, los capitalinos seguimos sorteando puestos, pagando indirectamente y preguntándonos cuándo carajos las autoridades van a poner orden de verdad, sin marear la perdiz.