En la anterior entrega, “Alianzas: ética, pertinencia, mitos”, describí el contexto en el que se realizarán las elecciones del próximo año. Señalé tres condiciones que se deben considerar. (18-sept-26).
1.- La estructura organizadora (INE) y el árbitro (TEPJF) ya no son instituciones imparciales. Son piezas del engranaje del partido de Estado.
Consecuentemente, no existe uno de los elementos sustantivos para elecciones democráticas, sustentadas en el voto libre y secreto.
2.- El partido oficial, mimado por dichos organismos y blindado por la complicidad orgánica entre ambos, es absolutamente impune en su transgresión a las normas.
Se comprobó con la ruptura de los tiempos para postulación de candidaturas; ningún árbitro sacó tarjeta roja. La oposición, para no quedar en desventaja, aprovechó el resquicio, pero se impuso el propósito del más abusivo.
3.- La estructura que opera los programas sociales del gobierno federal y el despliegue de los llamados “Siervos de la Nación”, son la columna vertebral del partido oficial. Herramienta de control territorial, con una bolsa presupuestada para el 2027 de 1 billón 25,388.5 millones de pesos.
Hay que sumarle los millones que le corresponden por el financiamento público a los partidos, y las aportaciones de fondos negros que transfigura a delincuentes y mafiosos en gobernadores, alcaldes y legisladores.
Conclusión: el proceso electoral del 2027 será una competencia injusta e inequitativa.
La evidencia impone interrogantes morales: ¿Vale la pena participar en estas condiciones? Visto y previsto el abuso del poder, ¿la postulación de candidaturas de oposición no equivale a convalidarlo? Y si la respuesta es participar, ¿cómo se debería plantear y configurar esa presencia para no legitimar sus atropellos?
Debe responderse en diversos niveles: ético, estratégico y táctico. ¿Qué discernimiento procede en estos casos? Dos textos pueden ayudar: “El poder de los sin poder”, de Václav Havel, y “Sobre la tiranía, Veinte lecciones que aprender del siglo XX” de Timothy Synder. En la historia de los debates internos del PAN, entre abstencionistas y participacionistas, hay abundante material sobre el tema.
Ingresé al partido en 1969, justo cuando esa discusión se exacerbó. Después de turbulencias y dolorosas fracturas, que pusieron en riesgo la sobrevivencia de Acción Nacional, el saldo histórico dio la razón a los participacionistas. Hoy, frente a la restauración de la dictadura perfecta, no tengo duda: es un deber participar en la liza electoral y en otras tareas cívicas y culturales.
La pregunta que sigue, referida a la dimensión partidista-electoral, ¿cómo posicionarse en esta arena autoritaria, sembrada de trampas?
Largos años de lucha por la democracia enseñaron que no bastaba lanzar candidatos y apersonarse en las plazas públicas. En 1987, Luis H. Álvarez incorporó al planteamiento participacionista la estrategia de enfrentar cívicamente al poder con técnicas de resistencia civil.
Después vino la discusión sobre formar alianzas con otras fuerzas para acelerar el proceso de transición a la democracia.
La triada estratégica fue exitosa: participación, resistencia civil y alianzas.
En próxima colaboración, consideraré la pertinencia de esta fórmula cívico-política-electoral en esta coyuntura.
@lf_bravomena









