¡Adoremos al redentor del mundo!

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Por: Diego Fernández de Cevallos

Supongamos, sin conceder, que todo lo que este gobierno recibió fue producto del pútrido pasado neoliberal.

El imperativo ético exigía a la naciente administración una labor colosal en todos los órdenes de la vida nacional. La misión era épica y purificadora. La llamaron “cuarta transformación”.

Implicaba, como primera tarea, destruir, cuanto fuera posible, las leyes e instituciones del pasado, y sobre sus despojos construir un México en el que, “por el bien de todos, (estuvieran) primero los pobres”.

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Tan prometedora idea caló hondo en 30 millones de mexicanos asqueados (como tantos más) de la altanera corrupción de muchos gobernantes que humillaron en la postración a millones de seres humanos. Emergió así el tenaz “líder social incorruptible” que durante muchos años enfrentó a los poderosos y ofreció el paraíso terrenal.

La “autoridad moral” del que se vendía como implacable verdugo de corruptos, y pastor que promovía el “amor y paz”, con “abrazos, no balazos”, entraba igual en el corazón de quienes exigían derramamiento de sangre y de los que deseaban concordia entre los mexicanos. Fue audaz: capturó los sentimientos de unos y otros y llegó a la Presidencia.

En sus anteriores intentos se equivocó al poner filtros para quienes querían adherírsele y por eso decidió abrir su movimiento a los bribones que aún estaban afuera. Automáticamente los consideró conversos y enmendados, y con las aguas de su torrente divino los purificó. Ahí todos son incorruptibles, les tiene confianza y solo les exige “10 por ciento de capacidad, 90 de honestidad y lealtad ciega”.

Pues se han alejado las puertas del cielo: después de tres años y a la mitad de su gobierno, resulta que…

1) ya dilapidó los cientos de miles de millones ahorrados por los malditos gobiernos neoliberales;

2) ha incrementado la degradación educativa, mientras persigue investigadores y científicos;

3) ha hecho crecer, en millones, el número de sus “amados” pobres;

4) devastó el sistema de salud, y las muertes por covid ponen a México en el cuarto lugar del mundo;

5) los números de masacres, desaparecidos, mujeres violentadas y niñas vendidas siguen subiendo, pero él lo niega y acusa a los periodistas;

6) la corrupción y la impunidad aumentan, pero Tartufo ataca a las instituciones de justicia, y reprocha a los ministros de la Suprema Corte tener la “arrogancia de sentirse libres” en sus sentencias;

7) la confianza en México se perdió y los capitales se fugan.

8) Eso sí, la división y el odio entre los mexicanos los tiene a tope.

Por fortuna vamos “requetebién”: Tartufo ya voló al Consejo de Seguridad de la ONU para enseñarle al mundo cómo combatir la pobreza, la corrupción, la impunidad y la exclusión. Él ya cumplió aquí con “98 de sus 100 compromisos”.

¡Adoremos al redentor del mundo!


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