A propósito de la seguridad, ¿y la justicia?

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Desde la pasada administración, y de manera muy acentuada en la actual, se ha ido construyendo un discurso en el que todos los muertos se etiquetan como parte de algún grupo delictivo —pertenecen en automático a “los malos”—, mientras que todos los policías y militares se pintan como “los buenos e impolutos”. Sin embargo, y como sucede en muchas áreas del acontecer humano, no todo es blanco y negro.

Si queremos hablar de seguridad, pero también de justicia, debemos matizar y apartarnos de visiones maniqueas.

Es importante que esta reflexión se lleve a cabo en un momento en el que la ciudadanía parece estar adoptando la misma narrativa dicotómica. Un ejemplo de ello lo vimos el 31 de mayo, día en que se realizó una marcha que, entre otros objetivos, reivindicaba y defendía a las fuerzas del orden.

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Si bien es necesario dar un espaldarazo a las instituciones del Estado, también lo es realizar un análisis objetivo de su actuación porque no han estado a la altura de las necesidades del país. Si México contara con personal honesto en todas sus instituciones de seguridad, nuestra historia sería muy diferente.

Es cierto, hay muchos héroes anónimos, policías y militares que en cumplimiento de su deber han muerto o quedado incapacitados. Pero también están Tlatlaya, Ayotzinapa y cuantos cadáveres no sabemos. Del otro lado —del bando de “los malos”—, hay sicarios y asesinos que no muestran el menor remordimiento, pero también hay víctimas inocentes, aquellos que fallecieron en fuegos cruzados, los que no llegaron a un juicio, los torturados, los desaparecidos.

Todas estas pérdidas nos deben doler como mexicanos y sobre todo como seres humanos. Todas las víctimas, independientemente del “bando” al que pertenezcan, han dejado un profundo dolor en sus parejas, hijos, padres, hermanos y amigos, quienes han intentado alzar la voz para exigir una justicia que nunca llega.

De acuerdo con nuestras leyes, los narcotraficantes deben ser perseguidos y castigados por el Estado con todo el peso de la ley, mas no deben ser ultimados.

En esta narrativa poco sofisticada y peligrosa jamás se ha pensado en la justicia, en abrir investigaciones y castigar a los culpables. Los asesinos de cualquiera de los “bandos” siguen sueltos y las memorias de cada una de las víctimas permanecen en el olvido. ¿No es lo mínimo que merecemos todos? ¿Justicia?

Hasta ahora, lo que conocemos es que en los últimos nueve años han habido alrededor de 100 mil ejecuciones, que hay más de 25 mil personas desaparecidas y más de 170 mil desplazados forzosamente. Lo que no sabemos es cuántas fosas y cadáveres anónimos existen en México, ni cuántos huérfanos, mutilados, heridos y viudas.

Además, nos falta una parte importante de la historia. O mejor dicho, nos faltan muchas historias: las de aquellos policías, militares y marinos que también han sido víctimas de la violencia generada por el crimen organizado.

Espero que pronto dejemos de lamentar la muerte de tantos mexicanos y que todas las víctimas puedan saciar su sed de justicia. No pueden seguirse registrando muertes, torturas y desapariciones sin que se condene a los culpables de esos delitos, sean del bando de “los buenos” o de “los malos”.


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