Relaciones peligrosas

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El mundo no es lo que era. Es un lugar común, cierto, pero también lo es que, en estos tiempos, su sentido y alcance adquiere otra dimensión. En un año cambió radicalmente la geopolítica y los relativos márgenes de certidumbre se esfumaron. Estamos en un nuevo (des)orden mundial.

De manera vertiginosa, el andamiaje de la posguerra pasó de estar rebasado a ser obsoleto, no por una decisión concertada o una crisis irresoluble sino porque el que ahora preside la superpotencia que se volvió hegemónica tras la caída del Muro de Berlín, decidió que ya no servía; desahució el multilateralismo y las normas del derecho internacional. Ahora define la fuerza sin necesidad de disfrazarse ni de cuidar las formas. Eso tendrá múltiples repercusiones en todos los órdenes y regiones, algunas impredecibles, pero centrémonos en México y su futuro inmediato.

A Donald Trump le quedan tres años de mandato y, aun perdiendo las elecciones intermedias, no está claro que puedan ponerle controles y contrapesos efectivos. Por lo pronto, el presidente norteamericano afirma que no tiene más límite que su mente y su moral.

La intervención militar para capturar a Nicolás Maduro de manera fulminante y quirúrgica es un mensaje que no puede ser ignorado y menos que nadie por México. El caso es controvertido porque el dictador y la dictadura chavista son indefendibles y no se veía cómo el pueblo venezolano podría sacudírselos, algo que, por cierto, sigue pendiente, aunque debe reconocerse que ahora hay mejores perspectivas de que eso eventualmente suceda.

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Pero en un mundo sin reglas y abierta la puerta del unilateralismo, ésta se puede atravesar discrecionalmente. De hecho, la acción contra Maduro se hizo para obtener el control del petróleo y los minerales de Venezuela, según declaró el propio Trump. En la recién publicada Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos se considera a toda América su zona de influencia; imaginen al vecino del sur.

Lo que adujeron para actuar judicialmente contra el autócrata tropical fue el tráfico de drogas, algo que en México se da en mucho mayor medida. No es casual que Trump ponga el dedo en la llaga para presionar al gobierno mexicano, asegurando que los cárteles mandan en el país, lo que es difícil de desmentir. Sabe dónde está el talón de Aquiles del obradorato y quiere más concesiones de las muchas ya obtenidas.

Sheinbaum mandó 55 capos sin juicio de extradición; permite vuelos espías de la CIA; su secretario de seguridad García Harfuch colabora con las agencias de aquel país; revocó la licencia de la Casa de Bolsa Vector de Alfonso Romo, ex jefe de oficina de López Obrador, tras acusaciones de lavado de dinero por parte del Departamento del Tesoro; destituyó de la Dirección de Investigación Aduanera al amigo de Andy López Beltrán, el famoso “Lord Relojes”, en cuanto le cancelaron la visa. Pero todo esto y más es insuficiente para la Casa Blanca.

Solo quedan dos líneas rojas que la Presidenta no ha accedido cruzar: actuar contra la narcopolítica y permitir acciones militares de EEUU contra cárteles en territorio nacional. Después de lo sucedido el 3 de enero, no se puede tomar a la ligera la intención expresa de Trump de realizar operativos terrestres en México, no se diga mediante drones.

La mejor forma de prevenir el intervencionismo sería que el Estado mexicano combatiera eficazmente al crimen, comenzando por la depuración de coludidos. Pero eso llevaría al enfrentamiento con el ex presidente López Obrador, cuyo sexenio fue dorado para los cárteles, a menos que se pongan de acuerdo en quiénes sacrificar; solo que no habría garantía de que la ofrenda sea suficiente.

Cabe esperar la suspensión de envíos de petróleo a Cuba, pues de lo contrario se enfrentarían con Trump y eso es lo que Sheinbaum ha querido evitar a toda costa. El presidente norteamericano quiere cerrarle la llave de combustibles a la Isla para obligar a la dictadura a negociar en sus términos.

Si hubiera sentido común detendrían la reforma electoral regresiva de Pablo Gómez, pues su imposición solo confirmaría que el modelo del obradorato es el chavismo y ahondarían la división cuando lo que urge es unidad para enfrentar la amenaza externa.

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