¿Xóchitl?

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A casi 29 años, recordemos el crimen de Lomas Taurinas:
una sociedad de memoria corta es una sociedad de transiciones largas

La madre de todas las batallas en México está a la vuelta de la esquina. En siete u ocho meses habrá candidatos presidenciales, y en menos de un año estarán frente a frente. En el cuartel de Andrés Manuel López Obrador la situación luce relativamente cómoda: su arsenal es superior y sus lugartenientes están bien posicionados. En la otra trinchera, sin embargo, con pocas armas y escasos reclutas, la comandancia parece estar más conforme que la del enemigo.

Donde cunde la preocupación e incluso el derrotismo es en la comunidad anti 4T que habita fuera del complejo habitacional partidista. En esa parte del círculo rojo, donde no se quiere otro sexenio como este, crece la resignación ante lo que se ve como una inminente victoria de la (el) abanderada (o) de Morena. Unos recomiendan, con razón, reforzar las candidaturas al Congreso; otros simplemente se preparan para resistir seis años más.

Pese a ser un pesimista irredento, yo no creo que la suerte esté echada. Cierto, AMLO tiene una amplia ventaja: está en el poder, goza de alta popularidad, es un notable operador electoral y enfrenta a una oposición desacreditada y extraviada. Pero las cosas podrían cambiar. Su decisión de lanzar el plan A para adueñarse del INE, y luego el plan B para debilitarlo y el C para controlarlo, no es fortuita. A diferencia de sus resignados adversarios, él sabe que hay un riesgo de que su movimiento pierda.

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¿Qué tendría que hacer la alianza opositora para dar el campanazo? Abandonar la lógica cupular y pensar y actuar en función del elector, lo cual a la postre beneficiaría a sus partidos. Si porfía en construir la candidatura solo mediante acuerdos que cuiden los intereses partidarios cortoplacistas, entonces sí, vayámonos resignándonos: postularán un candidato que, si bien logrará la unidad de las estructuras directivas del PAN, del PRI y del PRD vía el reparto de posiciones —condición necesaria pero obviamente insuficiente—, no atraerá los votos que requiere más allá de su núcleo duro.

Ante el desprestigio de la clase política tradicional algunos hemos aconsejado a la oposición abrirse a la sociedad civil. Pero eso no quiere decir que renuncie a agotar sus opciones internas, empezando por reconsiderar las cartas del partido que lleva mano. No somos pocos quienes pensamos que Xóchitl Gálvez podría, por su capacidad de conectar con la gente y por su perfil biográfico, arrebatarle la narrativa a AMLO en una contienda con Claudia Sheinbaum. Analistas como Jorge Castañeda, Salvador Camarena y yo —en mi caso, por cierto, en este mismo espacio: “De boxeo y rounds electorales”, 5/12/22— lo hemos dicho públicamente, y bastantes políticos y empresarios lo dicen en privado. Desgraciadamente, no se percibe mayor interés en la dirigencia panista de convencer y proyectar a Xóchitl. Tengo para mí que le gana la inercia de construir una candidatura que atienda a la partidocracia antes que al electorado.

¿Por qué a pesar de todo pienso que la oposición puede dar la sorpresa? Porque asumo que sus dirigentes saben, por dolorosa experiencia, que divorciarse de la sociedad es autodestructivo. Y porque me aferro a la idea de que el suicidio es antinatural.


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