Trump y Biden descorren velo: EE. UU. es democracia bananera y no ejemplo

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A partir del triunfo aliado en la segunda guerra mundial y el colocamiento de EE. UU. como el modelo político y económico a seguir, la crisis poselectoral de 2020-2021 llevó a dos afirmaciones de definición: EE. UU. es una de “democracia bananera” (George W. Bush Jr.) y “la democracia es frágil” (Joseph Biden).

La crisis y las confesiones de parte cambian en eje estratégico y geopolítico del mundo: desde 1947 con su Acta de Seguridad Nacional y a lo largo de las estrategias de seguridad nacional de Reagan a Trump –y ya viene la de Biden–, EE. UU. ha basado su imperialismo en el ejemplo de la democracia estadunidense y en el compromiso de imponerla en todo el mundo.

El América Latina no se necesita que la Casa Blanca exporte su modelo democrático, porque, por los datos empíricos, ya hay democracias latinoamericanas que funcionan como en EE. UU.: Venezuela es el último ejemplo, Nicaragua a su manera.

Lo único que debe quedar claro es que la democracia estadunidense actual, la que se quiere imponer por la fuerza de las cañoneras, es frágil y bananera.

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En 2017 apareció el libro Drain the swamp. How Washington corrupción is worse than you think (Drenar el pantano. Cómo la corrupción en Washington es peor de lo que piensas), del congresista republicano Ken Buck, y en 2020 comenzó circular al documental El pantano a partir del modelo de la política de pantano. A esta revisión hay que agregar otros: Democracy in America? What has gone wrong and what we can do about it (¿Democracia en EE. UU?: Qué ha ido mal y qué podemos hacer al respecto), de Benjamin I. Page y Martin Gilens. En estas lecturas y ofertas visuales se revela que la democracia estadunidense no es la de Lincoln –“del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”– ni la republicana de leyes e instituciones de Jefferson 1790-1820.

El Congreso que fue tomado por la turbamulta de Trump el 6 de enero es un ejemplo de la democracia de élites e intereses no populares. Los legisladores reciben dinero de los Comités de Acción Política (PAC, por sus siglas en inglés) y los fondos provienen de los lobbies de grupos de interés empresarial. Apenas el 5% de las leyes aprobadas en el Capitolio como catedral de la democracia sirven de manera directa al pueblo; todas las leyes responden a los intereses de las empresas detrás de los lobbies.

La lucha contra los intereses corporativos que controlan las instituciones de poder y sus brazos operativos –los medios, entre los más importantes– se basó en el mensaje de “drenar el pantano”. Trump mismo usó esa demanda varias veces, aunque en el poder construyó sus propios lobbies. Pocos son los legisladores que se han negado a recibir fondos de los PAC y han acudido a solicitar aportaciones personales de bajo volumen de dinero.

En este contexto, la democracia estadunidense no es la de Lincoln ni Jefferson, sino la de los intereses dominantes de los lobbies de poder. Esta estructura recibe el nombre de “élite del poder” (W. Charles Wright) o “establishment” (Leonard Silk), o “la arrogancia del poder” (J. William Fulbright) o gobierno de corporaciones (G. William Domhoff) o “presidencia imperial” (Arthur M. Schlesinger Jr.) o poder dominante (Katherine Cramer) o pueblo excluido (Robert A. Dahl).

Sólo la ingenuidad de analistas y académicos españoles, mexicanos y latinoamericanos que han exaltado a Joseph Biden como el adalid de la democracia ideal ha permitido mantener el modelo estadunidense de régimen político de lobbies o grupos de interés que nada tienen que ver como si fuera una democracia como el poder del pueblo. Los congresistas que se apanicaron en el conflicto del 6 de enero representan, todos, intereses de grupos de poder ajenos al bienestar del pueblo. Por ello se debe analizar la crisis del 6 de enero como un acto de violencia contra un edificio público, pero no como una agresión contra la democracia.

partir de la “democracia bananera” de Bush Jr. y de “democracia frágil” de Biden, EE. UU. perdió toda la fuerza política y moral para seguir imponiendo su modelo político como el ideal para el mundo. Porque en nombre de la democracia estadunidense como modelo ideal la Casa Blanca invadió Irak y Afganistán, apadrino dictaduras militares en América Latina y ha luchado contra el comunismo.

Ahora se sabe que Trump y Biden destruyeron el ideal de la democracia estadunidense y que la Casa Blanca quedo como un emperador desnudo.


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