Trump es apenas la punta del iceberg

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Donald Trump es apenas la superficie de un fenómeno político estadunidense mucho más preocupante en su fondo. El inesperado atractivo de una plataforma fincada en la xenofobia sobre un importante sector de la militancia del Partido Republicano, al margen de la suerte que corra el magnate inmobiliario en sus aspiraciones presidenciales, puede motivar la generación de nuevos liderazgos tanto en el Congreso de Estados Unidos como en los niveles estatales, tendientes a liderar hacia futuro una política pública conservadora notoriamente más apegada al fundamentalismo nacionalista y religioso, de la mostrada por ese partido en los últimos años.

Así, Trump se convierte en apenas la punta del iceberg. Sin duda, el primer problema a resolver es la viabilidad del mismo Donald Trump como candidato presidencial. Hasta ahora ha ganado 844 de los mil 237 delegados necesarios para quedarse en automático con el banderín republicano. En una contienda con los reiterados márgenes a su favor y donde quedan elecciones estatales con 674 delegados en juego, es factible que consiga los 393 faltantes para declararse victorioso. En esa ruta electoral, llama la atención el amplio apoyo obtenido por Trump en estados tan diversos e importantes como Florida y Nueva York, donde, en su conjunto, le dieron a su causa casi 200 delegados. Además de que, a pesar de todos los esfuerzos desplegados por sus opositores, los pronósticos le aseguran victorias en varias de las primarias a celebrarse durante el día de hoy en Connecticut, Delaware, Maryland, Pensilvania y Rhode Island. Existe otro problema, más de fondo y a resolverse en un segundo momento, pero no por ello menos importante. ¿Qué condiciones sociales, económicas o de descontento político prevalecen en al menos 22 estados de la Unión Americana como para que los electores de centro-derecha vean en Donald Trump una opción política sensata y capaz de gobernar la primera potencia mundial? Ya en años recientes el movimiento del Tea Party había mostrado cierta radicalización conservadora al interior del Partido Republicano, en temas como reducción de impuestos y del tamaño del gobierno, así como la eliminación de estímulos fiscales para restringir la emisión de dióxido de carbono a partir de actividades productivas, entre otros rubros de política pública. Para pesar de la línea tradicional republicana, hoy son los representantes conservadores del Tea Party —entre los que se cuentan Ted Cruz y Marco Rubio— quienes se ven dominados territorialmente por el cuestionable posicionamiento político de Donald Trump.

La bola de nieve generada por el empresario estadunidense es tan grande, que Ted Cruz y John Kasich decidieron establecer una alianza estratégica para impedirle a Trump alcanzar los mil 237 delegados antes mencionados. Para ello, entre otras cosas, consideran primordial ganar Indiana el próximo 3 de mayo, porque es una de las entidades donde el candidato ganador toma el total de los 57 delegados en juego. En ese estado Kasich cederá el activismo a Cruz, quien está mejor posicionado para intentar arrancarle la victoria a Trump. El riesgo de fracaso para la alianza opositora sigue vigente: según encuestas el empresario le saca dos puntos de ventaja al senador Cruz, en un careo hipotético sin Kasich.

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Más allá de si la estrategia opositora es exitosa y logran forzar a Donald Trump a la celebración de una convención republicana abierta, donde muy probablemente sea seleccionado un candidato presidencial distinto a él, la sociedad norteamericana está expuesta al brote de liderazgos ultraconservadores que intenten capitalizar los beneficios políticos de la actitud contestataria impulsada por Trump. Garantizar las bases sociales de un liderazgo global responsable y una política nacional democrática y tolerante escapa al simple proceso de selección de candidato republicano.


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