Sueños

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Visiones contradictorias sobre México compiten estos días en Estados Unidos.

Por un lado, el temor renacido de vivir junto a un gran reservorio de drogas, lo que ha provocado discursos oficiales alarmistas como los de los tiempos en que, cada año, México era sometido a examen por Washington respecto a su voluntad de cooperar en la lucha antinarcóticos.

Ayer comenté en este espacio cómo la despenalización de la mariguana en varios estados de la Unión Americana ha provocado que los cárteles mexicanos cambien de producto principal y envíen grandes cantidades de heroína, misma que está siendo demandada, entre otros, por millones de adictos a los analgésicos opioides legales.

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Por otro lado, México es el país del que proviene la mayoría de migrantes que ha cambiado la cara de Estados Unidos; y la seguirá cambiando en las décadas por venir, pues se espera que, para 2050, hasta una tercera parte de la población estadunidense corresponda a la categoría latino.

La manera en que los burritos de Chipotle han desplazado a las hamburguesas de McDonald’s como paradigma de la comida rápida habla de la manera en que la cultura estadunidense comienza a ajustarse y abrazar su herencia mexicana.

Pero ¿podrán esos millones de mexicanos de primera, segunda y tercera generación asimilarse en esa cultura donde las oportunidades y la meritocracia son las piedras fundacionales?

Hollywood cree que sí.

Hace tres semanas se estrenó en Estados Unidos la película Spare parts, la historia sobre cómo cuatro jóvenes mexicanos indocumentados logran fabricar un robot submarino con trozos de chatarra y baten, en una competencia de la NASA, a equipos rivales, bien financiados, de instituciones prestigiadas como la Universidad de Stanford y el MIT.

La hazaña de Óscar Vázquez, Cristian Arcega, Lorenzo Santillán y Luis Aranda, estudiantes de una modesta preparatoria de Phoenix, Arizona, fue registrada por la revista Wired en 2005 y luego fue publicada como libro. Posteriormente dio lugar al documental Underwater dreams y, finalmente, la película, en la que participan los actores Marisa Tomei, Jamie Lee Curtis y George Lopez.

En la vida real, Vázquez, el líder del equipo, se graduó de prepa y estudió ingeniería mecánica en la universidad Arizona State. Cuando se dio cuenta de que, sin la residencia legal en Estados Unidos, no podría conseguir un buen empleo, regresó a su natal Ciudad Juárez y pidió cita en el consulado.

Un funcionario le preguntó si, después de la edad de 18 años, había vivido ilegalmente en Estados Unidos. Como la respuesta fue afirmativa, Vázquez fue informado que la ley le imponía una sanción de diez años sin poder ingresar al país.

Creyendo que su futuro se desmoronaba, Vázquez consiguió empleo en una planta automotriz en Sonora, trabajando de noche. En 2010, varios meses después de su deportación, fue contactado por la oficina del senador estadunidense Dick Durbin, quien se interesó en su caso.

Gracias a la intervención de Durbin, promotor de la ley Dream —que otorga residencia permanente a ciertos migrantes que llegaron al país siendo niños y terminaron allí la preparatoria—, Vázquez pudo regresar a Estados Unidos.

Hace unos días, con motivo del estreno de la película, la revista Wired entrevistó a Fredi Lajvardi, uno de los profesores de Vázquez en la preparatoria.

Lajvardi, quien, junto con el también profesor Allan Cameron, guió al equipo a ganar la competencia de robots submarinos de la NASA en 2004, fue cuestionado sobre si su propósito era subvertir la regla no escrita de que un indocumentado tiene que entrar al mercado laboral mediante un trabajo manual mal pagado.

“Más vale que lo hagamos”, respondió. “Esos empleos van a desaparecer de todos modos, para ser sustituidos por máquinas. En unos años, cuando usted vaya a McDonald’s, va a haber una tablet para tomarle la orden y su hamburguesa le llegará mediante una banda. Esos trabajos se van a acabar. Más vale ser quien diseñe esos robots”.

Probablemente sean pocos los servidores públicos estadunidenses que dediquen su tiempo a pensar cómo generar oportunidades para personas que llegan al país sin recursos, huyendo de la pobreza. Sin embargo, al menos algunos lo están haciendo.

¿Qué hizo falta en México para aprovechar el talento de Vázquez? No solamente el tiempo que estuvo estudiando, como inmigrante ilegal, sino el lapso que pasó en Sonora, condenado a trabajar de noche.

¿Cuántos casos como el suyo habrá? Ya que la educación de los migrantes no le ha costado a México, ¿no valdría la pena detectar a los jóvenes talentosos que salen de prepa en Estados Unidos y ofrecerles la posibilidad de regresar a su país?

Evidentemente, Estados Unidos está ajustándose a su nueva realidad demográfica. Y, en los hechos y en la ficción, está mostrando que los inmigrantes mexicanos tienen oportunidades para quedarse a vivir allí y aprovechar las ventajas de la meritocracia.

Ya he publicado en este espacio cómo los mexicanos residentes en Estados Unidos están rompiendo las cadenas de la pobreza mediante el acceso a la educación.

En cambio, en México, después de varias décadas, las autoridades apenas se dan cuenta de que limitar a los pobres a recibir una subvención los mantendrá, a ellos y a sus hijos, en un nivel de mera subsistencia.

La falta de oportunidades conduce a la frustración. Y las frustraciones colectivas derivan en tensiones sociales.


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