Reflexiones tras el debate por la dirigencia nacional del PAN

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“El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca” I. Kant

Al inicio del proceso para renovar la dirigencia nacional de mi partido, como consejera del PAN en el Estado de México, manifesté mi apoyo a favor de Ricardo Anaya, incluso le di mi firma para su registro, hasta ahí, todo iba muy bien. Corral me parecía demasiado agresivo y Ricardo, en antítesis, muy conciliador. Pero el día jueves 30 de julio en los primeros minutos del debate que protagonizaron ambos candidatos a la dirigencia, sucedió algo extraño. 

Ricardo Anaya, el puntero, comenzó atacando a Javier Corral, pese a que a lo largo de su campaña se ha mostrado como el conciliador y propositivo, el que regenera, atacar a Corral salía sobrando,  una de las reglas del debate es “el que va arriba no ataca” ya sabe Usted cómo es eso, a cada golpe que recibe, sonríe y agradece el comentario, porque a fin de cuentas, ¡va ganando! por eso nos sorprendió a todos, ver a un Ricardo a quien seguro sus asesores le recomendaron atacar, pero que estaba fuera de su cancha, porque hasta para ser “rudo” se necesitan muchos años de experiencia.

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Vimos a un Javier Corral que hizo lo que se esperaba de él, ni más ni menos, atacar, confrontar, golpear y es de reconocerse que le sale muy natural, es su estilo, así es él ¿qué le vamos a hacer? Y sucedió lo obvio, cuando hay una contienda dispareja, el público toma partido por el que lleva desventaja, y a mitad del debate las redes sociales ardían con mensajes de apoyo hacia Javier Corral.

En mi humilde opinión, pese a que en días anteriores había manifestado mi apoyo hacia Ricardo Anaya, quiero expresar los argumentos por el cambio de sentido en mi voto. No es que vote en contra de Ricardo al votar por Javier Corral, Ricardo tiene el apoyo de miles de activos, pero a mí, personalmente, hubo algo que se encendió en mi interior cuando Corral señala que Ricardo tiene “las manos hinchadas de tanto aplaudirle a Peña” de golpe, a mi mente llegaron decenas de imágenes de un Ricardo Anaya acompañando al hoy Presidente de la República en actos oficiales, que en sentido estricto de protocolo político no tiene nada de malo, pero en comunicación política si tiene un altísimo costo, porque la ciudadanía dejó de creer en Acción Nacional precisamente por eso, porque nos convertimos en “aplaudidores” del revolucionario institucional, porque dejamos de ser la oposición dura, como salmones contra la corriente, que ponían a temblar a los dinosaurios.

En el proceso electoral del 2012 tuve el honor de ser designada como candidata a Diputada Federal por el distrito III, con cabecera nada más y nada menos que en Atlacomulco, y durante la campaña pude ver de cerca los resultados de tantos años de gobiernos autoritarios del PRI, altos niveles de pobreza, marginación y desempleo, al PRI le conviene que el pueblo esté jodido (¿lo pensé o lo escribí?) para que luego puedan comprarlos el día de las elecciones y no puedo juzgar a las personas que venden su voto por un tamal o una torta porque sencillamente ¡tienen hambre!

En esos años, me juré a mí misma que nunca sería parte de ese sistema corrupto y corruptor, que desempeñaría el papel que me había asignado la historia, la de ser un soldado más, de los que pelean sabiendo que pueden perderlo todo frente a sus poderosos enemigos, pero que aún en el ostracismo la satisfacción de una conciencia limpia será siempre tu mayor riqueza.

Me gustaría recomendarle a Ricardo Anaya (en el supuesto de que lleguen a sus manos estas líneas) que no escuche a sus “asesores” quienes le recomendaron el uso de carteles y fotografías, nos hizo ver en él a sus antecesores y todos los aprendices de polemistas sabemos que no existe arma más poderosa que las palabras bien colocadas.

Voy a votar por Corral, sabiendo que perderé  la simpatía de muchos dirigentes del partido y aun sabiendo también que mi voto no hará un cambio significativo ya que es muy probable que Javier no logre vencer a un aparato que ha copiado las más viejas artimañas priistas, pero aun así, voy a votar por Javier, sencillamente por un acto de congruencia conmigo misma y ultimadamente porque se me da mucho mi regalada gana.


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