¿Quo vadis?

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El TPP, cuya negociación por fin terminó a principios de esta semana en Atlanta, podría, andando el tiempo, ampliar el devenir económico de nuestro país. Para que esto suceda habrán de resolverse las aprobaciones legislativas que hay que emprender en cada uno de los doce países participantes. Empiécese por corregir la ignorancia general de los términos convenidos a lo largo de cinco años de cientos de reuniones entre los equipos de expertos.

Los escuetos comunicados de prensa y las tranquilizadoras declaraciones  de los funcionarios y jefes de Estado han sido hasta ahora el único material para saber del más grande pacto de la historia que reglamentará los intercambios entre los países que operan el 40% del comercio mundial. Está dicho que sus efectos tardarán en materializarse hasta 2018 y otros hasta 2025 o 2030.

Será en el Congreso de Washington  donde se presentará el primer gran reto con discusiones, coincidentes por cierto, con las campañas para la sucesión presidencial. No se advierte una clara división partidaria de pareceres. Lo que estará en juego es un hondo choque de visiones políticas opuestas sobre el rumbo que ese país lleva y sus relaciones internacionales. Además, estará la confrontación sobre el grado tolerable de intervención oficial en los negocios. Es plausible que los implacables  enemigos de Barack Obama torpedeen el simplificado proceso decisorio.

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Es posible que en los dos años que transcurran para la puesta en marcha del acuerdo, quede atrás la depresión económica que hoy se padece mundialmente. Aun reanudado un buen ritmo de crecimiento, la competitividad de nuestros productos es lo que realmente  determinará el aprovechamiento que demos a un TPP, cuyas reducciones tarifarias sólo estimularán para 2025, según cálculos académicos, crecimientos en el PIB de los países miembros del 1 por ciento.

En México, las armadoras automotrices gozarán de los arreglos a que llegaron sus colegas japonesas, norteamericanas y canadienses que fueron incorporados al tratado.

La industria farmacéutica de genéricos y, desde luego, las textileras y los intereses azucareros están en peligro frente a las exportaciones de los socios del TPP. La Concamín, entre muchos otros, está dudosa sobre las ventajas del documento. La tarea está en revisar en detalle el texto con las comisiones senatoriales respectivas. Esta fase será tan difícil o más que la misma negociación internacional.

Nosotros hemos llegado al momento en que debemos rebasar la simple destreza manual que ha sostenido durante más de 50 años a las industrias maquiladoras y del ensamble. Toca ya diseñar y producir nuestros propios componentes y con ellos integrar productos terminados que son el eslabón final de las cadenas de producción que nos urge y que otros países hace tiempo establecieron.

Una mayor integración de la producción industrial de México es posible por la disponibilidad de la fuerza laboral desocupada, que es nuestra gran reserva para llegar a una mayor capacidad productiva que sigue detenida en la fase ensambladora.

El dilema está en contentarnos con frenar el potencial laboral a su actual grado de desaprovechamiento, o decidir llevarlo a los siguientes niveles para completar la industrialización del país que hace años fue nuestra meta. El avance hacia nuevas áreas en las que produzcamos los componentes que requerimos abrirá las puertas hacia su exportación a los mercados internacionales donde encontraremos como clientes, a las cientos de plantas maquiladoras que los requieren.

En realidad, la economía de México está ya tan abierta que hay poco más que el TPP pueda hacer para liberalizar el comercio. Esperamos la apertura de mercados como los del sureste asiático. Si la globalización pide instalar más plantas ensambladoras por todo el mundo, estemos listos para vender y comprar las partes y componentes que todos, ellas y nosotros, necesitamos.

Aquí está la cuestión que se nos presenta. ¿A dónde vamos? ¿Queremos que la producción mexicana quede a tal grado engranada a la norteamericana  que ya no se distingan nuestros propios intereses, no sólo de tradiciones culturales, sino de las perspectivas de nuestros trabajadores que queden fuera del radio de interés de las grandes empresas, que para sus propios fines presionaron la firma del TPP?

¿A dónde vamos con nuestro apoyo a favor del TPP?


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