Política y dinero

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El dinero pervirtió a un sistema político cuya vulnerabilidad radica en su propia tolerancia y en su estímulo a la participación.

La política es, fundamentalmente, un aprendizaje de la decepción.

Daniel Innerarity.

Para organizar nuestros procesos electorales contamos con más leyes, más burocracia, más dinero y más partidos. Las actuales campañas nos llevan a concluir que este esfuerzo es inversamente proporcional a la calidad de nuestra democracia, y que en los rubros mencionados está el problema, no la solución, que radica en algo intangible y difícil de cambiar: la democracia exige una cultura producto de la práctica cotidiana de actitudes y conductas por largos periodos.

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La democracia intentó atemperar el capitalismo mediante la participación y la disminución de la desigualdad. Desafortunadamente, la democracia se capitalizó, en lugar de que el capitalismo se democratizara. El dinero pervirtió a un sistema político cuya vulnerabilidad radica en su propia tolerancia y en su estímulo a la participación.

Adolfo Ruiz Cortines, prototipo del viejo sistema político, prohibía tajantemente a los candidatos recibir aportaciones de particulares, por ser el origen del contubernio. Las campañas políticas —más bien recorridos triunfales— se pagaban con fondos del erario. Cuando la oposición llegó al poder se encontró con las enormes erogaciones canalizadas al partido oficial. Con la transición democrática se empezó a legislar sobre los recursos económicos para los partidos políticos, partiendo del supuesto controvertido de que son bienes públicos. Los negociadores priistas tenían que buscar la forma de legalizar los cuantiosos recursos que recibían sus órganos partidistas. Ahí está el origen de las aportaciones, que se han venido incrementando con la complicidad de las otras organizaciones.

Los partidos también incurrieron en un principio oportunista, carente de toda ética: postular a quien tenga posibilidades de alcanzar el cargo, sin importar identificaciones ideológicas, cuando el principio a considerar debe ser el perfil que requiere la posición en disputa. El caso es que la clase política está ofreciendo el más mediocre y mezquino espectáculo en la lucha por el poder.

Recorro el país por razones profesionales. Me encuentro, en todos los sitios, con algo verdaderamente deplorable: cuando de los diez candidatos aspirando a cada cargo, dos o tres se perfilan con posibilidades de triunfo, empieza el chantaje, las alianzas de facto en búsqueda de prebendas. No cabe duda, el partido ecologista ha hecho escuela.

Desde que se permitió la salida de consejeros electorales antes de cumplir el término para el que fueron electos, inició el desprestigio y el cuestionamiento, hoy tan pronunciado, de nuestros órganos electorales.

Hemos modificado mucho nuestras leyes, pero es triste confirmar la verdadera parafernalia legal que hemos creado en torno a lo elemental: las normas que regulan el acceso al poder. Si aquí estamos tan atorados, imagínese usted en lo que se refiere a su ejercicio y a la responsabilidad de quienes asumen los cargos públicos.

Un ejemplo que nos debe llevar a reflexionar sobre el limitado alcance de las leyes es lo que tanto cacarearon todos los partidos: la equidad de género para estimular la participación de las mujeres. Hemos visto casos verdaderamente deleznables para encontrar rendijas a la ley. Tal parece que los mismos partidos, cuando estaban aprobando esta reforma, ya diseñaban la forma de violarla. Nuevamente se comprueba el refrán porfirista: “el que hace la ley hace la trampa”.

Uno de los peores sistemas políticos es una democracia corrompida. En esto, como en muchos otros temas, tiene razón Jesús Silva-Herzog Márquez: “Lo que nos espera es más perversión democrática que ensanchamiento democrático”.


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