México en la olimpiada: laberinto y espejo

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“El mexicano no quiere o no se atreve a ser él mismo…”
Octavio Paz.

No recuerdo un enojo tan grande por el desempeño de la delegación mexicana en los juegos olímpicos como el que se expresa en esta XXXI edición de Río de Janeiro. No es novedad la magra cosecha de medallas que obtendremos. Lo significativo en esta ocasión es la dimensión política de la exasperación, por el ridículo al que han sometido al país.

También en lo deportivo México está en la lona. Para tocar fondo se necesitó del concurso de muchas personas e instituciones durante largo tiempo. La puntilla se la dieron los actuales responsables, pero, justo es decirlo, antes de ellos hubo otros irresponsables. El perjuicio es añejo y estructural; contiene elementos socioculturales, económicos y políticos.

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Es sociocultural porque en México se proscribe la mentalidad competitiva. Hasta tiempos muy recientes se reconoce la importancia de formar mexicanos ganadores. Nos pesan muchos siglos de paternalismo: del Tlatoani y del monarca español, del presidente revolucionario y del líder sindical.

Cargamos con el milagrerismo religioso o de fetiches, dispensador de bienes de lo alto sin esfuerzo personal. El sistema educativo siembra permanentemente el victimismo en la narrativa histórica de un pueblo agredido y derrotado. El discurso demagógico del nacionalismo revolucionario es su mejor síntesis.

Esa, llamémosla cultura, impide la generación individuos proactivos, autodeterminados, emprendedores y de atletas campeones. Por el laberinto de la soledad no se llega al podio de las medallas. Al contrario, es el meandro por donde desfilan los ratones verdes en las distintas justas deportivas.

Es económico porque la creación de jugadores de alto rendimiento requiere de inversiones cuantiosas en estructuras y planes de largo plazo. Cierto, no es poco lo que el país ya gasta con estos propósitos, pero son insuficientes, y además se desperdician criminalmente. Por lo general, los planes estratégicos para elevar los niveles atienden al ultimo tramo de la cadena. No se orientan a crear y fortalecer semilleros, que son la base en la que se sostienen las potencias deportivas.

La articulación del sistema educativo en esta tarea es insustituible. Mientras los establecimientos escolares y universitarios no sean canteras de atletas de excelencia, difícilmente podremos escuchar el himno nacional en las premiaciones olímpicas.

¿Qué clase de deportistas pueden salir de las escuelas en donde su maestro, en lugar de dar clases, marcha por las calles y delinque para exigir sueldo sin trabajar, pide ascensos sin evaluación y demanda plazas sin comprobar conocimientos? Las medallas se ganan con muchas horas de entrenamiento, de esfuerzo y resultados comprobados. Hasta ahora no se ha otorgado ninguna en mérito de gritos y consignas, bloqueos y actos de vandalismo. De ese tamaño es el hoyo negro en el deporte nacional.

Es político por que el olimpismo mexicano está hecho a imagen y semejanza del sistema político priísta. Ahí no se conoce nada equivalente a una transición democrática, ni transparencia ni rendición de cuentas. La mayoría de las federaciones deportivas, el Comité Olímpico y la Comisión Nacional del Deporte, son cotos de caciques, plataformas de trafiques e ínsulas de corrupción y abuso. Alfredo Castillo es la encarnación de esta ruina. El súmmum de sus deformaciones. Por méritos propios será el chivo expiatorio del fracaso mexicano en esta olimpiada, es un chivo en la cristalería que ya tenía todos los platos rotos.

Hoy dependemos del conmovedor pundonor de mujeres y hombres que en lo individual, a pesar de todos los pesares, superan la taras culturales, vencen todo tipo de trabas institucionales y conquistan una presea. Merecen doble reconocimiento.


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