Manlio y Anaya

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Proceso de renovación de dirigencias será determinante de cara a la próxima elección presidencial.

Justo cuando está iniciando el último tramo de la administración de Peña Nieto, y en un contexto de gran turbulencia en el que los partidos políticos están en su nivel histórico más alto de rechazo al ser considerados por  82% de la población como poco o nada confiables y con la mayor percepción de corrupción (91%) por encima incluso de la policía (90%) y de los servidores públicos (87%), el PRI y el PAN están por concluir el proceso de renovación de sus dirigencias, lo que será determinante para su viabilidad de cara a la próxima elección presidencial y también para el futuro político de sus nuevos presidentes.

En el caso del PRI ni siquiera intentaron aparentar un proceso democrático, por el contrario optaron por una fórmula que en el pasado les funcionó, y se empeñaron en hacer evidente que se trató de una decisión unipersonal del verdadero jefe de ese partido. El nombramiento de Manlio Fabio Beltrones no fue una sorpresa a pesar de no pertenecer al primer círculo de Peña Nieto y de hecho en general se reconoció como un acierto, pero su perfil dista mucho de corresponder al que el mismo presidente delineó apenas unas semanas antes, al igual que los personajes y rituales que acompañaron su registro como aspirante único. Parecía que estábamos de regreso a la década de los setentas.

No cabe duda que Beltrones es un político probado que ha demostrado su habilidad y sus grandes dotes de negociador, igual en su papel de senador de oposición que como líder del partido en el poder en la Cámara de Diputados. Respetado por muchos y temido por otros, no es difícil adivinar lo que se puede esperar de Manlio quien desde luego no va a transformar al PRI en un partido democrático y moderno, pero hará todo lo que sea necesario para dar buenas cuentas al presidente -aún a pesar de la deteriorada imagen de su gobierno- en las elecciones del próximo año, lo que lo colocaría en una buena posición para convencer al gran elector que es el indicado para que puedan conservar el poder en 2018.

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En el PAN tampoco hubo sorpresas en cuanto al resultado de su proceso interno, pero sí se ha abierto una interrogante importante sobre el papel que habrá de desempeñar Ricardo Anaya como nuevo dirigente nacional. Aunque no pocos lo ven como la continuidad de Gustavo Madero y la conservación del status quo, cuando menos en el discurso ha dado señales de que pretende imprimir a su gestión un sello propio y corregir el rumbo de un partido que se ha venido desdibujando de tiempo atrás.

Los retos que tiene por delante Anaya no son menores y tampoco las resistencias a superar. Para empezar es indispensable que logre poner fin a la confrontación interna -que se generó hace más de tres años con la derrota en la elección presidencial del 2012- a partir del respeto, el diálogo y la inclusión.

También debe dar muestras claras de que el combate a la corrupción va en serio, pues además de que ha sido una de sus principales banderas como legislador y candidato, es condición para que Acción Nacional se vuelva a distinguir de los demás partidos, recupere la confianza de la ciudadanía así como la autoridad moral que le permita asumirse de nuevo como un verdadero partido de oposición. Otro tema que no se puede soslayar, es la definición de una agenda que represente los intereses y preocupaciones de una sociedad cada vez más alejada de los partidos políticos y que busca alternativas distintas.

Si Ricardo Anaya logra sacudirse las inercias y avanzar con paso firme en la consecución de estos cuatro puntos, no sólo le daría al PAN el oxigeno que necesita para regresar con fuerza a la arena política y convertirse de nuevo en una opción, sino que muy probablemente estaríamos ante el surgimiento de un prospecto interesante para disputar la Presidencia de la República.


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