Malditas narcoseries

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Por: Juan Ignacio Zavala

La imagen de México está dañada. El canciller Marcelo Ebrard se ha percatado de esta penosa situación. Seguramente llegó a esa claridad después de sesudas sesiones de análisis con sus compañeros Mario Delgado y Fernández Noroña, que son mentes portentosas dedicadas al análisis de fondo al bien común. ¿Y por qué está dañada la imagen de México en el mundo? Lo dicho por el canciller es contundente y certero: es culpa de las series de narcos.

Así es. Ni quién se atreva a contradecir a don Marcelo, que ha dicho una verdad del tamaño de una catedral. Nada más desde la mala conciencia, desde la ceguera que impide ver la realidad nacional, en la que todo es alegría, solidaridad y felicidad colectiva, se puede dibujar un país en el que impera el crimen y la violencia. Solamente desde la mente enferma de un sicópata como Epigmenio Ibarra se pueden producir programas en los que se enaltecen las figuras de los grandes criminales de la nación. El Señor de los Cielos fue una serie en la que solamente se habla de las cosas malas de México, de los malos mexicanos. En lugar de hacer una serie sobre la construcción del aeropuerto Felipe Ángeles y los restos de mamuts alrededor o un documental del Banco del Bienestar y su amplia red de sucursales, nada más están pensando en cómo engrandecer a la gente que vende mota y andan en camionetotas de lujo.

Son toda una industria los que se dedican a empañar la imagen prístina de la nación. Gente sin arraigo, conservadores que han perdido sus privilegios con la llegada del gobierno del pueblo. Actores que en lugar de exigir participar en alguna serie de la deidad Tezcatlipoca o la vida y muerte de Moctezuma Xocoyotzin, se ponen felices de interpretar a Caro Quintero, Amado Carrillo o al Chapo Guzmán. Actrices que en lugar de interpretar a Leona Vicario o a Gertrudis Bocanegra, prefieren el papel de mujeres narcas, buchonas armadas que incitan al sexo, la violencia y la matazón.

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Los que hacen las series de narcos no han leído la Cartilla Moral que distribuyó el gobierno de la transformación y no saben el mal que le hacen al país. Eso lo dejó muy claro el canciller Ebrard. La mala imagen que dejan esas producciones son a todo nivel. Por ejemplo, a él se lo han comentado “primeros ministros, altos funcionarios o representativos de todo el mundo, y eso no nos hace ninguna justicia”. Qué pena con esos señores amigos de Marcelo que unos malos mexicanos anden promoviendo lo que no somos.

Además, mienten deliberadamente. Veamos.

En la narcoserie: los criminales son perseguidos por la policía –a la cual corrompen sistemáticamente–, se tienen que esconder para que no los atrapen y les tienen miedo a los gringos.

En la vida real de nuestro México: el Ejército captura al hijo del narco más conocido en el mundo. El grupo criminal invade Culiacán y protagoniza un enfrentamiento armado. El Presidente ordena la liberación del jefe de la banda.

En la narcoserie: los criminales se tienen que cuidar de los funcionarios que no logran corromper y gastan grandes cantidades de dinero en protegerse a ellos y a su familia.

En la vida real de nuestro México: el Presidente de la República se baja de su camioneta para saludar efusivamente a la mamá del más temido narcotraficante.

Como se puede ver en estos dos breves pero ilustrativos ejemplos, las series de narcos no son más que programas de ficción, ganas de inventar de aquéllos que solamente quieren dañar al país porque ya no hay corrupción ni privilegios; individuos que crecieron jugando Nintendo, neoliberales de la UNAM, conservadores de la colonia Del Valle. No dejaremos que esos malos mexicanos manchen la imagen de esta patria que camina con la frente en alto. ¡Dales duro, Marcelo! ¡No a las series de narcos! ¡Exigimos en Netflix la vida del Peje!


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