Los ogros por consigna: los papás ¡No!

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Hablar de los padres de familia, de los papás, ha sido, en mucho, demasiado, señalar a los que son desobligados, voluntariamente ausentes, malos, golpeadores de las madres y hasta de los hijos. Y mucho, mucho más. Parece que más que algo fácil de hacer, denigra a los padres por parejo, generalizando en mucho a los malos, los débiles, es como un deporte universal perverso: los papás suelen ser malos, los buenos se salvan. El olvido voluntario de los buenos padres, hasta de los regularcitos, de esos que cumplen a medias su rol paterno, es grave. Tal parece que es una cuña puesta por el demonio en las mentes de las mujeres en particular.

La defensa de los buenos padres de familia no debería ser tal, debería ser simple reconocimiento de su buena conducta, de su paternidad vivida. Igual que se reconoce a las madres de familia, que, en general, se dan por santificadas, generalizando ¡todas santas, buenas y sacrificadas! Pero la costumbre de hacer del padre algo como “el malo de la película”, el ogro, es demasiado común, dando muchas veces por sentado que si no la mayoría, al menos muchos son los desobligados con la familia.

En la Escritura se habla de pedir por las viudas y los huérfanos, más que por los viudos. ¿Por qué? Porque los hombres, padres de familia, murieron en actividades peligrosas, como la cacería de antaño, o en las guerras cuando fueron a defender a sus familias de los enemigos, o por actividades de lucha como la policial, en enfrentando calamidades o catástrofes naturales en defensa de los suyos, algo presente a través de la historia. Mueren también por causas laborales, cuando son peligrosas o mal protegidas contra accidentes, incluyendo por supuesto los que son mortales.

Sí, los padres de familia corren riesgos por sus familias, y muchas veces por eso son ausentes, más no desobligados. Las guerras son la causa principal a través de la historia, junto con las enfermedades contraídas por sus labores. Los padres se agotan trabajando, se cansan, se debilitan y mueren muchas veces jóvenes o relativamente jóvenes, agotados, desgastados, descuidados de su salud. Otros, muchos a nivel mundial, emigran buscando cómo ganar algo más para sostener a su familia a distancia. Los casos de migrantes que sobreviven a veces casi en la miseria para enviar el dinero a sus familias, pasando ellos hasta hambre, es algo común. ¿Qué los hay también desobligados? Por supuesto, pero hacer hincapié en estos ignorando a los otros, es una falta de gratitud muy generalizada.

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Santificar a las madres que crían a sus hijos a veces solas o casi solas no está mal. Pero ignorar voluntariamente o por mala educación familiar y social a los hombres que se sacrifican y hasta mueren por sus mujeres e hijos es inaceptable.

¿Por qué el día del padre es desangelado? Porque la sociedad, en especial el lado femenino, se empeñan en desconocer a los buenos (o regularcitos) padres cumplidos, no desobligados. El buen padre de familia “pasa de noche”, se piensa que si cumple sus obligaciones es porque debe hacerlo, pero eso sin dar el mérito que sí se da a las madres de familia.

La verdad es que la vida del buen padre, muchas veces, creo que, en general, se da simplemente por sentado, con poco reconocimiento en vida. Pero los buenos padres que educan a su prole en el amor a Dios y al próximo, son reconocidos muchas veces cuando los hijos son ya adultos y a su vez padres de familia. Con su experiencia adquirida de vida, son capaces de reconocer el valor del padre. En especial cuando ya ha muerto. Muchos reconocimientos hay de los hijos cuando su padre ha muerto, entonces sí, pero de manera personal, hacen público el amor que para ellos tuvieron sus padres: “¡Papá, qué falta me haces! ¡Cómo te extraño!”

Una causa de no reconocer por igual al amor paterno con el materno es sin duda el aspecto emocional de la vida, familiar y general. El afecto materno, dulce y tierno, opaca al que los varones dan a sus hijos, por haber sido educados, a que los hombres no deben ser cariñosos, que eso es cosa de mujeres. A los varones les cuesta trabajo, manifestar con afecto, físico en particular, el amor a sus hijos. Tratan de mostrarles su amor de otras formas, como el darle cosas, regalos.

Algo poco reconocido en la niñez y en la juventud, todavía muchas veces, es el valor del consejo paterno, la orientación para la vida. Luego, pasado el tiempo, los hijos que han crecido aprenden, por su propia experiencia, a valorar el buen consejo de su padre. Hay intentos de moralejas que dicen que, con el tiempo, los hijos piensan, dicen ¡cuánta razón tenía papá!

Es, pues, una buena obra, el reconocer al buen papá en lo que vale, con sus virtudes, defectos y debilidades, así como se reconoce a la madre, como muchas veces se le hace, pero tratando de no pensar, y menos hablar, de sus defectos y debilidades. Mamá siempre fue y es buena. “¿Papá? Pues allí estaba, digamos.” ¡No así! Seamos agradecidos con lo bueno que el Señor nos dio en papá. Demos a los padres el valor que merecen, pues, es asunto de justicia.


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