Lista de agravios

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Lo peor que le puede ocurrir a México es convertirse en un país de cínicos.

                José López Portillo

 

Asumo el riesgo de ser señalado como irredento masoquista, pero el único método que encuentro para corregir nuestra desviada vida pública es el señalamiento, la denuncia y el reclamo. Así funciona la democracia y, parafraseando a José Mujica, preguntaría: ¿qué se puede hacer si ésta no resuelve nuestros problemas?

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Terminamos el año con dos temas recurrentes: la profundidad de nuestra crisis y cuáles serán las acciones de Enrique Peña Nieto este año. Estoy convencido de que la escisión profunda entre Estado, en sus tres niveles de gobierno, y sociedad se ha acentuado por una falla grave de sentido común y de respeto elemental a la verdad. Veamos algunos casos.

He venido insistiendo en mi colaboración semanal que el discurso político ha incurrido en tales fallas que ya no le dice nada a la ciudadanía. Las últimas intervenciones de Aurelio Nuño y de Osorio Chong incurren en un desafortunado desprecio a la inteligencia de los mexicanos, al aludir a conspiraciones no definidas y a personajes que quieren dañar a México sin dar mayor explicación. Igual que Gustavo Díaz Ordaz cuando hablaba de conspiraciones o de Luis Echeverría sobre “emisarios del pasado”. No contaminemos nuestras tribulaciones con más demagogia y ocultamiento de la realidad.

Jesús Valencia, en un escándalo más de corrupción, declara que él renunciaría si los órganos correspondientes encuentran alguna falla en su conducta como funcionario público. Increíble, alguien tiene que decirle si ha hecho mal. Qué lamentable es la falta de escrúpulos de nuestra clase política.

Tan absurdo es esperar cambios aplicando las mismas políticas como modificar las que rinden buenos resultados. Nuevamente se incurre en déficit y se aumenta la deuda pública. Es muy grave que Peña Nieto, faltando a sus promesas como candidato, haya modificado una política económica que desde 1995 le ha dado estabilidad a la macroeconomía.

Adolfo Ruiz Cortines señalaba que cuando un funcionario se equivoca al designar a un subalterno ocasiona tres consecuencias: daña a la institución, daña al hombre y se pierde la amistad. Me parece percibir que el Presidente de la República, convencido como gran parte de la opinión pública de las malas designaciones efectuadas al inicio de su gobierno, se resiste a hacer cambios por no provocar un efecto dominó que sacuda a todo el gabinete. Es evidente que en este momento tan crítico para el país no están al frente los hombres idóneos.

Ya es extemporáneo, pero alguna señal seria y contundente tendrá que darse para combatir la corrupción. En la negociación del Presupuesto, la Secretaría de Hacienda nuevamente etiquetó recursos para ser manejados por los diputados federales, origen de los famosos “moches”, distorsionando la más elemental teoría de la división de poderes, al desautorizar a la Cámara de Diputados como vigilante y en su función de control de los recursos presupuestales.

Los partidos políticos, incurriendo en un infantilismo deleznable, hablan de postular a hombres de reconocido prestigio y ofrecen consultar a órganos policiacos y de administración de justicia para “blindar las elecciones”. ¿Acaso a estas alturas no existe una idea clara de los antecedentes de los militantes de cada partido? ¿Acaso no sabemos quiénes han incurrido en prácticas deshonestas?

Sólo quise mencionar aspectos que pueden ser corregidos si hubiere voluntad en quienes dirigen este país y, siendo el primer día del año, formulo deseos por un mínimo compromiso con la verdad. Que toda ella aflore en su más majestuosa ostentación para recuperar credibilidad y también que de todos haya el compromiso para asumir responsablemente sus consecuencias por más peligrosas que puedan ser. Es mi mayor anhelo para 2015.


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