La viga en el propio ojo

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Quien no oye consejos, no llega a viejo. Las aleccionadoras barbas del vecino… Vaya que hay muchos refranes que resuenan al enterarnos de los hondos enredos en que se ha metido el pueblo griego al no haber sabido controlar los vericuetos financieros en que los metieron sus políticos.

No hay que desacreditar el que cualquier pueblo quiera mejorar sus condiciones de vida. La compulsión es más fuerte que nunca al socaire de la publicidad masiva que invade al mundo impulsándonos a un consumismo mucho más allá de nuestra productividad. La tranquilidad que una vida modesta asegura está definitivamente perdida. La tenaz publicidad que nos inunda no cesa.

Lo que le ha sucedido a Grecia, que se enfrenta a un quebranto general que se expresa en una deuda internacional acumulada de 317 mil millones de euros, es un fenómeno que nosotros sufrimos hace años y que ni con las restricciones impuestas en 1990 por el Consenso de Washington pudimos esquivar. A nosotros nos costó una reducción en 1994 en el PIB del 6%. El rescate en 1995 por más de 50 mil millones de dólares, por parte de Estados Unidos resultó providencial, como ahora lo será el que practicará la Troika financiera internacional.

La solución a los problemas del desarrollo está en el control ciudadano a través del ejercicio de los derechos cívicos con información adecuada y sensatez en un clima democrático. En la apertura electoral que en buena medida ya tenemos en México, los que han sido votados a los puestos públicos han sido escogidos por el pueblo. La responsabilidad ciudadana es la inevitable clave del progreso con equidad.

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Las extremas dificultades y las severas medidas a que, de ahora en adelante, se enfrentarán los griegos para corregir su insolvencia estarán a la vista del mundo entero. No hay que conmiserarse de ello. El drama no ha sido tanto culpa de los gobernantes, sino de los ciudadanos que, tras de llevar a sus candidatos al poder público, no tuvieron ni la vocación ni la tenacidad para monitorear su actuación ni los endeudamientos que contrajeron para responder a las exigencias populares.

La penosa tragedia griega, que resultó de deudas internacionales impagables, dejó dos claras lecciones: la necesidad de tener el sentido común de elegir a los que lo merecen, desechando promesas huecas de campaña, y la de seguir celosamente el desempeño de los funcionarios para recusarlos en caso de no cumplir sus promesas y obligaciones.

Este último ejercicio es trabajoso, puesto que requiere una férrea voluntad a la que el ciudadano normalmente no está habituado. Sin él es imposible esperar que un gobierno funcione a la altura de las expectativas y necesidades populares.

El drama griego, que ocupa a los medios de estos días, no es muy ajeno al panorama mexicano actual en el que existen asuntos que también se nos han salido de cuadro, entre los cuales el desorden en la esfera de la educación es mucho más profundo que cualquier problema financiero o presupuestal.

En efecto, los millones de estudiantes de primaria y secundaria que están quedando sin clases por culpa de la inconsciencia sindical, prolongarán por décadas el retraso nacional que desde años atrás padecemos. Este problema es, para nosotros, cualitativamente más severo que el económico de Grecia o el de su posible abandono de la Unión Europea.

En cuanto al endeudamiento público mexicano, su monto a fines de 2014 representó el 50% del PIB. En 2015, las deudas estatales se dibujan de esta manera: la de Chihuahua fue de 41 mil 99 millones de pesos, la de Veracuz de 37 mil 600 millones de pesos y la de Sonora de 20 mil 360 millones de pesos, cifras que son ya escandalosas desde cualquier  ángulo. El constante incremento de dichas deudas muestra una debilidad de organización de la producción frente a la demanda nacional, a la que se añade un nivel de corrupción incontrolada en todo el país. Si no se disciplinan los erarios, podrían alcanzar el desastre generalizado a que ha llegado Grecia.

Hay cierta preocupación que se ventila entre nosotros sobre los efectos en nuestra comunidad de la presente crisis griega y los efectos de su abandono del euro. Más debe preocuparnos, empero, el que no pongamos diques al descontrol de nuestro sistema  educativo o a nuestras deudas públicas. Las consecuencias que debemos temer y evitar anidan en casa. No en Grecia.


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