La subida de Rubio

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Poco a poco, pero a un ritmo sostenido, las opciones alternativas y populistas van perdiendo lustre en la carrera por la Casa Blanca.

Aunque nunca tuvo una oportunidad real de pelear por la nominación del Partido Demócrata, el senador Bernie Sanders, quien se define como socialista, ha dejado de ser la mosca en el oído de Hillary Clinton. La exsecretaria de Estado se encamina sin pena hacia la candidatura, especialmente desde que el vicepresidente Joe Biden le dejó el camino libre.

En el campo opuesto, el del Partido Republicano, acaba de suceder un hecho doblemente inédito: por primera vez en la campaña, el magnate Donald Trump dejó de aparecer en primer lugar de todas las encuestas para ganar la nominación y fue rebasado por un hombre negro, el neurocirujano retirado Ben Carson, quien es, como Trump, un aspirante que no pertenece al establishment partidista.

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Pero no es a Carson a quien debe temer Trump. Los cambios en las encuestas tienen que ver más con el desgaste del estilo de toro bravo del empresario.

Trump todavía tendrá oportunidad de seguir coqueteando con la idea de ser Presidente de Estados Unidos, pues será el conductor invitado del próximo episodio de Saturday Night Live, el popular y perdurable programa de comedia de la televisión estadunidense.

Sin embargo, su discurso y desplantes lucen agotados. Su fuerza parecía residir en la novedad, la autocomplacencia y el cinismo, pero el hecho de que los votantes conservadores estén buscando opciones, muestra que Trump ya cansa.

En ese entorno no puede perderse de vista la figura de Marco Rubio, un político joven, pero tradicionalista.

El senador de origen cubano es la estrella ascendente de los republicanos. Ha triplicado sus números en pocos días, y muchos analistas comienzan a señalar que es el mejor posicionado para llevarse la candidatura republicana.

Nacido en Miami en 1971, Rubio encuentra su mayor fuerza política en su elocuencia, pero también en el origen humilde de su familia: es un self-made man, cuyos padres, inmigrantes cubanos, llegaron a Estados Unidos con una mano adelante y otra atrás.

De niño vivió en Las Vegas, donde sus padres realizaron trabajos modestos para sostener a la familia. Él era cantinero y ella, afanadora.

De vuelta en su ciudad de origen, Rubio comenzó sus estudios universitarios en escuelas de bajo costo hasta que pudo inscribirse en las más prestigiosas, Universidad de Florida y Universidad de Miami, de donde salió con sendos títulos, no sin antes endrogarse con un préstamo de 100 mil dólares, que tardaría tres lustros en pagar.

Como Barack Obama, Rubio aspira a la Presidencia en su condición de senador de primer turno. Accedió a la Cámara alta del Congreso estadunidense apenas en 2011.

Había ingresado en la política trabajando para la conspicua diputada de origen cubano Ileana Ros-Lehtinen; posteriormente, en 1996, participó en la campaña presidencial de Bob Dole, y luego fue miembro del cabildo de la comunidad de West Miami, abrumadoramente hispanohablante, bajo la tutela de la alcaldesa Rebeca Sosa.

Igual que Obama, vio la oportunidad de pelear por un asiento en la Legislatura de su estado, en 2000, aunque implicaba disputárselo a una figura muy popular: el conductor de radio Ángel Zayón.

En sólo seis años, el ambicioso Rubio llegó a ser presidente de la Cámara de Representantes de Florida, el primer hispano en alcanzar el cargo.

En 2008 se despidió de la Legislatura estatal para buscar un escaño en el Senado, en Washington. Su aspiración significaba hacer a un lado al entonces gobernador Charlie Crist, cosa que logró.

De conseguir la candidatura republicana, Rubio habrá logrado un espectacular ascenso en la política, similar al que protagonizó Obama.

Sería el primer aspirante presidencial nacido en los años 70 y el primer hispano (cosa que el diplomático Ben Fernández y otros habían intentado desde los años 80).

Pero esa característica, incluso sumada a que habla perfecto español, no le garantiza el apoyo del electorado latino, pues en el tema migratorio ha sido de lo más inconsistente, desdiciéndose de posturas reformistas para no perder apoyo entre los sectores conservadores de su partido.


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