La república está dolida

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Ya no es un tema de partidos, es una situación de Estado. Lo que se vive en los tiempos actuales es preocupante. No exagero. Se ha generado una lastimosa combinación de escaso crecimiento económico y empleo con una gravísi ma crisis de inseguridad pública donde se confunde a delincuentes con “autoridades”. El colofón de esta trayectoria es la constante desigualdad social en la que los pobres siguen en la marginación, mientras los ricos son cada vez más acaudalados y poderosos. El modelo está mal. Algo está muy mal.

México ha adoptado un régimen de economía mixta que privilegia mercados abiertos y competitivos. Las recientes reformas rompen monopolios y fortalecen, en teoría, el andamiaje democrático e institucional. Sin embargo, la vida real despoja de esperanzas y sueños a millones que no ven en esa cauda de enmiendas legales el alivio a sus cotidianos pesares.

Se decidió, y así lo escribieron los constituyentes, que seríamos una república representativa, democrática y federal. (Lo de laica se agregó después y quedó como un parche en un artículo que nada tiene que ver con el tema. Así es la demagogia). Total, que los “representantes” de 115 millones de mexicanos difícilmente pueden acreditar que cumplen el mandato. No están los mejores, ni los más honestos. Cualquiera puede entrar. Y de hecho, entra.

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Los partidos más visibles en la escena nacional están inmersos en su agenda y no en la búsqueda del bien común. Contradicciones, escándalos y pleitos intestinos dañan su imagen y la credibilidad de la clase política.

Gustavo Madero sale con la frivolidad de que se separa, mediante licencia, del partido (PAN) que ofreció conducir de tiempo completo en una inédita elección interna que implicó un brutal desgaste, en todo sentido. Su ambición desmedida lo lleva a querer ser diputado plurinominal; de vuelta a la presidencia del partido; coordinador de la bancada y, de postre, la candidatura a la Presidencia. Falta le hace un espejo y un gramo de realismo para caer en cuenta de su pequeñez.

El PRI y el gobierno parecen gozar de portadas internacionales que les otorgan graciosos reconocimientos mientras tienen al país hecho un desastre. La economía nacional no crece pero la deuda sí. La conducción es errática y el gasto público tardío. La corrupción crece y la sobrerregulación también.

Su falacia sobre la baja de homicidios contrasta con el alza de secuestros, robos y extorsiones. Plazas que antes eran espacios de relativa paz, hoy están amenazados por el crimen. El Valle de México es un ejemplo. Sus gobernantes lucen sonrientes para la foto mientras su gestión se desvanece. Los casos de Tlatlaya y de Iguala nos remontan a los peores episodios de la “dictadura perfecta”. Ejecuciones sumarias y desapariciones forzadas con sello oficial. Y creen que por no exaltar el tema en medios la percepción cambia.

En la “izquierda” la cosa está para llorar. López Obrador, con su infinita demagogia, se distancia convenencieramente de un PRD que no acaba de ubicarse. Se oponen a la reforma energética pero apoyan con entusiasmo la imperdonable reforma fiscal que tanto lastima a las clases medias y a las micro y pequeñas empresas. Critican al gobierno de Peña pero gustosos lo acompañan en todo ceremonial. Mientan madres con la izquierda mientras cobran —y caro— con la derecha.

Pocos personajes congruentes entre las tribus de la izquierda al tiempo que otros, como Manuel Bartlett, senador plurinominal por el Partido del Trabajo, sólo buscan cambiar de epígrafe.

Del Partido Verde no hay mucho que decir. Su contradictoria ideología choca con una grotesca práctica mercenaria de la política. Como en subasta, se venden al mejor postor. La frivolidad de su primer gobernador, en Chiapas, es reflejo de su gen. No hay convicción. Hay arreglos y punto.

En fin. La clase política está dando razones más que suficientes para el hartazgo ciudadano. Hoy, pagar impuestos y votar no le significa a la gente una mejoría en su vida. Algo tenemos que hacer ya. La democracia está en entredicho. Y la república está dolida.


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