“La parranda local” y “El de atrás paga”

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En este diario, hace días, Aguilar Camín y López-Dóriga fustigaron —con los títulos arriba indicados— los irresponsables endeudamientos de gobiernos estatales y municipales, coludidos con sus congresos.

Héctor apunta que de 2000 a 2014 esas entidades recibieron transferencias por aproximadamente 355 mil millones de pesos, casi tres veces el Plan Marshall que financió la reconstrucción de Europa en la posguerra.

Afirma que se impuso la complicidad de poderes en el ejercicio y la vigilancia del gasto público, pues los ejecutivos locales aceitaron a sus congresos, y corrompieron el principal mecanismo de la rendición de cuentas en los sistemas democráticos: “La vigilancia del Congreso sobre el presupuesto, mediante el debate de las bancadas de oposición con las del partido en el poder”.

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Joaquín nos recuerda que ese endeudamiento en estados y municipios ha sido fuente de financiamiento y de corrupción, una manera de gobernar, “…sin miramiento alguno al sucesor y menos a los gobernados…”, que terminamos pagando los gobernados. Trae a nuestra memoria que el gobierno priista de Rubén Moreira en Coahuila hizo estallar el problema, pues en menos de cinco años llevó la deuda de 600 a más de 32 mil millones de pesos, llegando al exceso e ilegalidad de falsificar documentos del Congreso local para obtener créditos por unos 5 mil millones de pesos, siendo el detonante que culminó con la minuta de Ley de Disciplina Fiscal que se halla ante las legislaturas locales por ser reforma constitucional. Destaca que en los últimos 20 meses el endeudamiento subió en más de 100 mil millones de pesos, alcanzando los 508 mil millones, o sea, un 3.1% del PIB.

Preguntémonos qué más ha hecho posible esas tropelías, y su impunidad. Dos realidades: una, que las aceitadas alcanzaron a órganos internos de control, y a no pocos procuradores e impartidores de justicia. La otra, que amplios sectores de la población olvidan y perdonan rápidamente, y a veces ni siquiera se consideran agraviados, llegando a tolerarlo con el argumento de que “al menos hizo obras”. De ahí el cínico consejo al principiante que preguntó cómo hacer dinero: “Haz obras compadre, haz obras”.

No sugiero linchamientos personales, pero sí el reproche público ante conductas abusivas y el reclamo de juicios justos y sanciones efectivas. No sirven divisiones maniqueas de “buenos y malos”, nacidas de mesiánicos rencorosos, que son más nefastos e igual de corruptos. Se pueden mantener relaciones humanas con respeto y civilidad en el ámbito social, pero sin tolerar, y menos justificar, el abuso que empobrece a millones de mexicanos.

Aceptemos que el mal baja de gobernantes a gobernados, y escala de éstos hacia ellos. Sería sencilla la solución si la corrupción estuviera en un solo lado, pero se da entre ambos: baja como la lluvia y sube como la humedad.

Convengo con el gran escritor español Arturo Pérez Reverte al decir que el problema está en que el honor ha dejado de ser una consigna.


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