Las huellas están a la vista porque así se pensó. Las mismas frases, la misma (sin) sintaxis, la misma ignorancia, el mismo mensaje, la misma soberbia; la ofuscada carta de Andy retoma planteamientos y obsesiones de las misivas del ex presidente López Obrador para que no haya duda de que él la avaló, sino es que hasta la redactó.
Meterse con el hijo es agraviar al padre, entre otras razones porque temen que éste sea el verdadero objetivo detrás de la medida y no quieren cruzarse de brazos mientras se cierra el cerco sobre Palenque. El arrebato y la desmesura son síntomas de dicha paranoia. Andy pudo mantener en secrecía la cancelación por más tiempo, pero ya sabemos quién consideró que debía salir y victimizarse.
¿Cuál es el cálculo político? ¿Quiso adelantarse a inminentes revelaciones sobre las investigaciones que dieron pie a la medida o pensó que darlo a conocer favorece al sector radical y purista del obradorismo de cara a la definición de candidaturas, las cuales incidirán dentro de tres años en la sucesión presidencial?
Politizar la decisión administrativa y soberana del Departamento de Estado de revocar la visa del hijo de López Obrador es un mecanismo de defensa. Desde hace años, medios y periodistas nacionales y extranjeros han relacionado a Andy y sus amigos con el tráfico de influencias para acumular poder político y económico. Así mismo, diversos reportajes informaron que su nombre aparece en investigaciones sobre huachicol fiscal, tanto en Estados Unidos como en México, y otros hablan de su cercanía con Enrique Díaz, el otrora poderoso contador de Rocha Moya que se entregó a las autoridades norteamericanas para ser testigo colaborador.
La presidenta Sheinbaum se mueve en la contradicción. Por una parte quiso minimizar el hecho, asegurando que “una visa no define a una persona¨ y mofándose de que la oposición quiera convertirlo en “escándalo mundial”, pero por otra contribuyó precisamente a eso al acusar injerencismo que daña la soberanía, llevando tras de sí al grueso del poder político.
Andy no es funcionario público y, sin embargo, el gobierno federal, gobernadores y legisladores oficialistas, así como el partido Morena que convocó a 220 asambleas informativas en protesta, aseguraron que la cancelación de su visa es una afrenta al país.
Tan excesiva y disparatada reacción solo puede entenderse por la intervención de López Obrador. El junior más ostentoso del obradorato, el Mirrey del Bienestar como lo llamó Ricardo Raphael, con sus escándalos, derrotas y privilegios a cuestas, es convertido a golpe de propaganda en un remedo de Juan Escutia, aunque no haya manera de sostener racionalmente que negar el ingreso de un ciudadano mexicano a Estados Unidos atente contra la soberanía, incluso si se considerara injusta la medida.
Es verdad que la carta está pensada para la base morenista, pero no por eso deja de tener implicaciones en otros ámbitos. La prepotencia, torpeza, arrogancia y agresividad de la misiva adquiere otra dimensión cuando buena parte del Estado mexicano cierra filas con el remitente.
Emplazar a Donald Trump a dar una explicación y remover a Marco Rubio y Cristopher Landau por “hitlerianos” o, de lo contrario, se confirmaría la tesis paterna de que ya no es el mismo de su primer periodo y que lo manipulan es un desplante temerario porque, como se preocuparon en hacerlo patente, proviene del mayor poder fáctico del régimen. Por eso la delirante advertencia arrastra al gobierno: “Espero su respuesta para también saber a qué atenernos”.
A pesar de la pedestre escritura y los gratuitos ataques a Estados Unidos, al que califica de decadente, reproduciendo los prejuicios morales de su padre, el obradorato se debate en su esquizofrenia diplomática. Siguen haciendo concesiones para salvar lo que se pueda del T-MEC, a sabiendas que la estancada economía pende de alfileres, al tiempo que reiteran la protección al primer círculo, tanto político como familiar, del ex presidente López Obrador sin importar el sustento de las acusaciones.
Solo que allá el Poder Judicial sí es independiente y la maquinaria ya está echada a andar. Lo conveniente sería tirar el lastre, pero es obvio que Sheinbaum no lo hará.









