Cayó el dictador, pero no la dictadura. La intervención para capturar a Nicolás Maduro tuvo el propósito explícito de controlar la principal reserva de petróleo en el mundo, en conformidad con el área de influencia que Estados Unidos se adjudica en su estrategia de seguridad nacional, apartando de la misma a Rusia, China e Irán.
Ni la república destruida, ni la elección robada, ni los derechos humanos conculcados fueron verbalizados para justificar la operación militar. Además del reclamo económico por expropiaciones y el interés de explotar reservas petroleras y minerales, Donald Trump sólo mencionó el combate al tráfico de drogas ilegales hacia EEUU, haciendo referencia a la epidemia de opioides sintéticos que padecen, lo cual, por cierto, es inexacto; pero necesitaba un delito grave que imputar para sostener jurídica y mediáticamente el operativo judicial.
Venezuela sí es un narcoestado, pero trafica fundamentalmente cocaína a Europa. A diferencia de México, cuyos cárteles importan precursores, fabrican fentanilo y lo transportan al vecino del norte. De hecho, la acusación penal al dictador se remite a episodios ocurridos en nuestro país cuando era canciller de Hugo Chávez. Por eso no debe tomarse a la ligera la enésima advertencia de Trump sobre intervenir para combatirlos por su cuenta, argumentando que dichas organizaciones criminales son las que realmente gobiernan.
Ya no se puede ignorar por más tiempo al elefante en la sala, la narcopolítica mantiene a México vulnerable. Depurar poderes e instituciones de la penetración criminal debiera ser consenso y prioridad nacional, incluso sin la amenaza de intervención; por el beneficio de todos.
En el nuevo escenario geopolítico y dada la vecindad con EEUU, mantener el pacto de impunidad oficialista en aras de “la unidad del movimiento” sería altamente riesgoso. Gobernantes, dirigentes y legisladores coludidos deben ser separados de sus cargos y rendir cuentas, en lugar de esperar a que otro país lo haga por nosotros.
Y es urgente ponerle freno a la venezuelización de México. La concentración del poder, la destrucción de los contrapesos, el uso faccioso de las instituciones, el debilitamiento del Estado de derecho, la creciente censura y la persecución contra periodistas, disidentes y opositores, así como ahondar en la polarización de la sociedad, es una receta que demostró su fracaso.
Forzar con la espuria mayoría calificada una reforma electoral regresiva que cargue los dados a favor del oficialismo, lesione la pluralidad y garantice una hegemonía artificial gobiernista es insistir en la división y crear condiciones de un estallido social. Si el grupo en el poder impone las reglas, controla al árbitro y manipula la justicia para acosar a la oposición, el autoritarismo crecerá junto a la ingobernabilidad. Es el camino de la dictadura.
La ilegal intervención militar en Venezuela se hubiera evitado si se respetan los resultados electorales y permiten a Edmundo González asumir la presidencia. Comparto críticas a la violación del derecho internacional y al unilateralismo, pero también entiendo la felicidad de decenas de miles de venezolanos al ver al tirano esposado rumbo a su celda en EEUU. Rechazar tanto a la dictadura como a la intervención es una posición correcta, pero tengamos presente que es fácil pontificar al respecto cuando no se tiene la bota del autócrata en la cabeza ni se vive en el exilio forzado.
¿Qué les faltó intentar para deshacerse de la dictadura? Desbordaron las calles y fueron brutalmente reprimidos. Vencieron en las urnas, a pesar de tener todo en contra y sin María Corina Machado en la boleta, y la comunidad internacional falló al no lograr que se respetara la voluntad popular. Por eso, nada sería más trágico que el chavismo se mantenga en el poder sin Maduro, solo por haberlo traicionado y alinearse a los intereses norteamericanos.
Que la ardua lucha del bravo pueblo venezolano no sea en vano. Insistir en la transición a la democracia es importante en medio de la sacudida, lo mismo que en la exigencia de libertad inmediata a los presos políticos. No nos prestemos a la simulación. El perro ya no está, pero la rabia continúa.


































