La banalidad de la ideología

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Debemos abrevar de la generación más brillante de México, los liberales del siglo XIX, que tenían clara su misión desde el poder, sin extraviarse en debates inútiles o en excelsos proyectos nacionales.

La pluralidad no se debe postular sin necesidad.
Guillermo de Ockham.

 

En igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable, solía decir un fraile franciscano en el siglo XIV. En los momentos que vive México, esta idea, conocida como la “navaja de Ockham” o “principio de parsimonia”, nos cae como anillo al dedo para propiciar los acuerdos fundamentales que permitan orientar nuestra confusa vida política.

 

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Agustín Basave, como bien lo expresa Roger Bartra (Reforma, 17/11/15), “escribe un libro valiente que desafía con inteligencia las ideas anquilosadas de una izquierda que no quiere reconocer sus viejos vicios ni entender las nuevas tendencias que nos envuelven hoy en día”. Después de un sesudo recorrido histórico, resulta curioso que, al llegar a las propuestas, no veo ninguna que no pueda ser suscrita por el PAN, al que se le ubica como partido de derecha.

 

Basave sataniza al neoliberalismo, atribuyéndole males que corresponden al capitalismo de casino o de compadres. Lo mismo acontece cuando se habla del Consenso de Washington, interpretado como algo que, desde la cúpula del poder, se impone a las naciones en materia de economía, cuando en realidad son propuestas elementales y probadas que muchos países aplican. En el mismo sentido, el autor señala a la “mercadocracia” y a las degeneraciones que están surgiendo en la manipulación de la voluntad ciudadana. Todo ello de ninguna manera deriva del neoliberalismo, como se ha denominado a la corriente de pensamiento propuesta por Friedrich von Hayek, Karl Popper e Isaiah Berlin, principalmente.

 

Nuestra crisis es primitiva, nuestro problema es más sencillo y elemental. Lo señaló con enorme precisión, hace muchas décadas, Manuel Gómez Morin: “Todo aquello que los particulares no puedan hacer lo debe hacer el Estado, indudablemente”. Aquí está el meollo del problema. Así lo reconoce Basave cuando critica al gobierno: “Es natural: se trata de una región (Latinoamérica) donde el Estado es menos sólido y más corrupto, la sociedad más pobre y desigual y la democracia es tan incipiente como volátil”. En otras palabras, ha fallado el Estado.

 

En estas ideas debe sustentarse hoy el consenso necesario. En materia de Estado de derecho ocupamos el lugar 40 de 43 naciones analizadas, sólo por arriba de Colombia, Nigeria y Guatemala. En materia de corrupción y opacidad, andamos por los mismos niveles. Nuestra lucha es más elemental y debe partir de un ejercicio muy sencillo: definir las tareas del Estado y las de los particulares, tema en el cual nuestra Constitución es ambigua. El Estado ha tenido tantos fracasos que nuestra tarea más urgente consiste en darle calidad a su desempeño, mejorar los órganos del poder y las políticas públicas. De hecho, debemos abrevar de la generación más brillante de México, los liberales del siglo XIX, que tenían clara su misión desde el poder, sin extraviarse en debates inútiles o en excelsos proyectos nacionales.

 

Si a esto agregamos nuestro empobrecido desempeño en el respeto a los derechos humanos, lo demás pasa a formar parte de lo prescindible. Una verdad de Perogrullo: el mayor daño se hace desde el poder público. No nos extraviemos contagiados por debates de otras latitudes cuando nuestras fallas están en lo elemental. Requerimos principios en los que asumamos responsabilidades con el mayor rigor y sin concesiones.

 

Sigue siendo vigente la conclusión de Duverger: “La democracia no está amenazada por el régimen de partidos, sino por la orientación contemporánea de sus estructuras interiores: el peligro no está en la existencia misma de los partidos, sino en la naturaleza militar, religiosa y totalitaria que reviste a veces”.


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