El edén tabasqueño

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Mientras en los bandos opuestos de épocas anteriores había cierta identificación ideológica, la lucha actual ha estado ayuna de propuestas. El único acuerdo al que podría haberse llegado con AMLO es que prevaleciera su postura.

Tabasco es el laboratorio de la Revolución.
Lázaro Cárdenas

En los últimos 60 años, tres generaciones han gobernado Tabasco. La primera (nacida entre 1915-1920) gobernó 24 años (1959-1982): Carlos Alberto Madrazo, Manuel R. Mora, Mario Trujillo García y Leandro Rovirosa Wade. Es el periodo de la modernización y de la institucionalización de la lucha por el poder. El candidato era ungido. Su campaña era recorrido triunfal y mero acto formal. Hubo obra pública, estabilidad y buenos niveles de seguridad. El poder giraba en torno al gobernador, quien aplicaba su capacidad política a liderar al estado, propiciar una buena concertación de todos los sectores y gestionar recursos ante el gobierno federal. En términos generales, hubo Estado de derecho. Hacia finales de ese periodo empezaron a llegar a las arcas gubernamentales cuantiosos recursos derivados de las participaciones petroleras.

La segunda generación (nacida entre 1928-1931) abarca dos sexenios con cuatro gobernantes (1983-1994): Enrique González Pedrero, José María Peralta, Salvador Neme Castillo y Manuel Gurría Ordóñez. La burocracia se disparó, la población creció, principalmente debido a gente venida de otros estados, se empezó a resquebrajar la unidad tabasqueña y permeó la idea de que todo se podía resolver con dinero. La gobernabilidad comenzó a fracturarse y se polarizó la lucha política. Un año clave fue 1988. A inicios de ese año, González Pedrero decía que entregaba Tabasco como una balsa en una laguna de aceite. Seis meses después, Andrés Manuel López Obrador es candidato por el Frente Democrático Nacional y el inicio de nuestra vida democrática se convierte en lucha sin cuartel de la clase política. Resultó angosta la avenida del Estado de derecho para encauzar la pasión tropical y que prevaleciera el interés público.

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La tercera generación (nacida entre 1946-1953), integrada por Roberto Madrazo, Víctor Manuel Barceló (aunque éste nació en 1936), Enrique Priego, Manuel Andrade (podría considerarse a éste como un entrometido generacional), Andrés Granier y Arturo Núñez, ha gobernado desde 1995.

Mientras en los bandos opuestos de épocas anteriores había cierta identificación ideológica, la lucha actual ha estado ayuna de propuestas. El único acuerdo al que podría haberse llegado con AMLO es que prevaleciera su postura. Prueba de ello es la reciente declaración de guerra a Núñez y su correspondiente respuesta. Esto, sin duda, augura un porvenir complicado para los tabasqueños. El gobernador está pagando las consecuencias de haber llegado al poder a través del PRD, después de haber sido un priista ortodoxo por varias décadas.

Hay indicios claros de descomposición en la entidad. La clase política está pulverizada, el Congreso local es un casino y los partidos se han convertido en verdaderos mercaderes. Los niveles de corrupción son escandalosos y la inseguridad ha invadido todo el estado. Ahora viene el periodo de las vacas flacas y se tendrán que tomar decisiones impopulares.

¿Cuál es el futuro de Tabasco? Difícil hacer un pronóstico. ¿Surgirá una nueva generación que corrija lo hecho por las anteriores? Nadie puede tirar la primera piedra. Todos, en alguna medida, somos responsables. Desafortunadamente no hay voces señeras o líderes que puedan reorientar el rumbo. La autocrítica está descartada y la crítica es ignorada olímpicamente.

Únicamente nos queda recitar los versos de Carlos Pellicer dedicados a Ramón López Velarde:

La Patria necesita hombres más hombres

que le hagan ver la tarde sin tristeza.

Hay tanto y lo que hay es para pocos.

(…)

Se olvida que la Patria es para todos.

Es difícil ser buenos.

Hay que ser héroes de nosotros mismos.


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